Judicialización de la política e inestabilidad

Judicialización de la política e inestabilidad

Un golpe blando, apuntan numerosos observadores internacionales

rouseff

Se ha consumado la remoción temporal de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil. En su lugar, teóricamente durante 180 días, desde ayer ocupa el cargo el ex vicepresidente Michel Temer. Sin embargo, a juzgar por los alineamientos políticos brasileños y teniendo en cuenta las razones profundas de este cambio, esta suspensión tiene altas probabilidades de ser definitiva.

Una lectura superficial de lo que ocurre en el gigante sudamericano llevaría a la presuntamente correcta afirmación de que se asiste al triunfo de los mecanismos institucionales. Porque, es cierto, se observaron los procedimientos formales para producir lo que, a juicio de Rousseff y sus seguidores, es un Golpe de Estado.

Un golpe blando, apuntan numerosos observadores internacionales, en cuya retrospección aparece la imagen de Joao Goulart, derrocado por un golpe militar en 1964 y con el sambenito de populista que también se endilga a la ahora presidenta suspendida.

La diferencia, claro está, es que ahora no se apela a coroneles ni generales para poner freno a un proyecto político incómodo para el establishment brasileño, sino a una clase política, tanto o más corrupta que lo atribuido a algunos compañeros de viaje de Rousseff.

Pero, en el fondo, la crisis brasileña nace del propósito de dirimir por vía judicial una lucha política entre dos proyectos de nación, que no se resolvió al gusto del establishment por el camino de las urnas electorales.

Visto de ese modo, lo ocurrido ayer en Brasilia podría ser, tal vez, un triunfo de la institucionalidad pero no un triunfo de la democracia. Aserto que se confirma con los primeros pasos de Temer: Recorte drástico del Gabinete ministerial y entrega de los puestos clave del Ejecutivo a típicos representativos del credo neoliberal.

O sea, asume el control un gobierno que impulsará el proyecto político-económico en contra del cual votaron 54 millones de brasileños en 2014, cuando eligieron para un segundo mandato a Rousseff.

Ese gobierno, además, nace bajo la sombra de la investigación en curso de presuntos actos anómalos durante la campaña electoral, de los cuales habría sido partícipe Temer y por los cuales él mismo podría terminar inhabilitado para ejercer el cargo, que ayer recibió interinamente.

Tal es la dialéctica perversa del recurso a la judicialización de la política, que se vuelve contra sus beneficiarios de circunstancia y se convierte en receta infalible para que Brasil se despeñe por la pendiente de la inestabilidad.

Paradójicamente, la única fuerza política realmente estabilizadora para el futuro del país hermano es el Partido de los Trabajadores, si es que tiene la madurez de encajar la derrota, realizar una profunda autocrítica de sus errores y evitar las trampas del radicalismo autodestructivo.

Editorial del diario Siglo XXI de Guatemala del viernes 13 de mayo de 2016.

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