¿Qué será del acuerdo internacional sobre cambio climático?

El Acuerdo de París, firmado el pasado diciembre de 2015 por 193 países (lo que viene a ser prácticamente todos los países del mundo), constituye un hito en la lucha contra el cambio climático. Tras largos años de infructuosas negociaciones, este tratado internacional representa la voluntad de actuar de todos los países para atajar uno de los principales desafíos globales a los que se enfrenta la humanidad hoy. El acuerdo constituye la principal herramienta para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y limitar así el aumento de las temperaturas globales a un máximo de 1,5 a 2 grados centígrados, lo que nos permitiría evitar los efectos más devastadores del cambio climático. Un acuerdo que contra todo pronóstico salió adelante en diciembre del año pasado y que hace poco más de dos semanas entró en vigor (el 4 de noviembre de este año) tras ser ratificado por más de 55 países representando más del 55% de las emisiones globales. Una entrada en vigor que no se esperaba hasta el año 2018 como pronto.

Tras la victoria de Trump, sin embargo, muchos se preguntan qué va a ser de este histórico acuerdo y si la retirada de Estados Unidos (EE.UU.) del mismo puede poner en peligro su continuidad o, en cualquier caso, su efectividad, ya que EE.UU. son después de China el principal emisor de gases de efecto invernadero (y en términos históricos el primero).

Es importante señalar que una de las principales razones por la que el Acuerdo de París fue posible lO constituye el liderazgo ejercido por EE.UU. (bajo la Administración Obama) y el esfuerzo realizado para lograr el acuerdo. Entre otras cosas, el acuerdo bilateral alcanzado entre EE.UU. y China el año previo a la conferencia de París marcó un punto de inflexión en las negociaciones climáticas al lograr por primera vez en la historia que los dos mayores emisores acordaran mutuamente reducir sus emisiones. Claramente este acuerdo bilateral sentó las bases para el éxito del Acuerdo de París un año más tarde. Hasta entonces, China y EE.UU. habían sido los grandes desaparecidos en la lucha contra el cambio climático. Por ejemplo,  EE.UU. nunca llegó a ratificar el Protocolo de Kyoto (antecesor del Acuerdo de París) y China no estaba obligada a reducir sus emisiones bajo este tratado.

Dicho esto, cabe preguntarse si la salida de  EE.UU. podría arrastrar a China a abandonar el acuerdo también. Sin embargo, China ya se ha pronunciado y ha solicitado públicamente al presidente-electo Trump que no retire a EE.UU. del acuerdo. China, un país que en el pasado había sido considerado como un obstáculo para avanzar en las negociaciones climáticas, ahora se ha convertido en un actor líder en este ámbito. De hecho, en los últimos años la política climática se ha convertido una de las prioridades del gobierno chino, en línea con la nueva estrategia de desarrollo económico del país. Así pues, en caso de que  EE.UU. abandonaran el Acuerdo de París, cabría esperar que China aprovechase esta oportunidad para ocupar el vacío dejado por el país norteamericano y así convertirse en el actor líder en la lucha contra el cambio climático. Esto le permitiría incrementar su reconocimiento e imagen internacional, una oportunidad que con toda probabilidad no dejaría pasar.

Ahora bien, la salida de EE.UU. del tratado podría suponer que este dejase de estar en vigor al perder al segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero. Sin embargo, si China se mantiene dentro, así como el resto de países que ya lo han ratificado, el Acuerdo de París seguiría en vigor, ya que los requisitos mínimos de 55 países y 55% de emisiones se seguirían cumpliendo aún sin los EE.UU.

Por otro lado, a pesar de que Trump sacase a EE.UU. del tratado, todo parece indicar que el país norteamericano cumpliría con sus compromisos de reducción de emisiones adquiridos de cara a 2020 y 2025. Debido al bajo precio del gas natural en el país, así como a la caída en el coste de las energías renovables, es previsible que las emisiones estadounidenses sigan cayendo de forma natural hasta el punto de alcanzar el objetivo de reducción para 2020 sin necesidad de realizar mayores esfuerzos.

En lo que respecta al Acuerdo de París, el principal daño que supondría la salida de EE.UU. vendría del hecho de que perdería al principal donante del Fondo de los Países Menos Desarrollados, principal mecanismo para canalizar financiación hacia estos países para implementar políticas climáticas. En estos momentos, la financiación constituye un elemento clave para implementar plenamente el Acuerdo de París y en concreto para que los países en desarrollo puedan cumplir con sus objetivos de reducción de emisiones y adaptación. Pero más allá de si Trump cumple o no con su promesa de retirar al país del tratado, esto parece que va a ser un problema con toda seguridad. Y es que en su programa de medidas durante los 100 primeros días en el cargo, una de las propuestas estrella es cancelar miles de millones en pagos a programas de cambio climático de las Naciones Unidas y usar el dinero para arreglar las infraestructuras hídricas y medioambientales estadounidenses.

En cualquier caso, si la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump se tradujese finalmente en una retirada formal de EE.UU. del Acuerdo de París, esta salida no se produciría oficialmente hasta pasados cuatro años. La cláusula de retirada del Tratado estipula que el país interesado podrá retirarse del tratado tras pasar un año desde la notificación por escrito al Secretario General de las Naciones Unidas. Pero, además establece que no es hasta después de tres años de la entrada en vigor del Acuerdo cuando un país puede solicitar su retirada. Por tanto, no sería hasta 2020 como pronto cuando EE.UU. podrían retirarse formalmente del tratado. Y para entonces habría nuevas elecciones en el país y, por tanto, la Casa Blanca podría tener a un nuevo inquilino que volviese a poner a EE.UU. dentro del Acuerdo y al frente de la lucha contra el cambio climático.

Julio Rivera Alejo
Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Estudios Medioambientales.
Analista de Agenda Pública

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