A propósito de Cumbres, transporte y aviación

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El 10 de abril de 1996, el secretario de Transporte de los Estados Unidos (EE.UU.), Federico Peña, se dirigió a la concurrencia que había asistido a la segunda Cumbre Hemisférica de Ministros de Transporte celebrada en Santiago de Chile, y expresó que había sido para él un placer y un honor haber sido el anfitrión de la primera reunión informal en Tampa, en octubre de 1994, mientras se preparaba la histórica Cumbre de las Américas convocada por el presidente Clinton, que más tarde tuvo lugar en la ciudad de Miami.

Federico Peña, al igual que Robert L. Crandall, Chairman and Chief Executive Office de American Airlines, fueron los oradores más esperados por la concurrencia, compuesta por ministros de Transporte de América Latina, directores de Aeronáutica Civil, presidentes y altos ejecutivos de las líneas aéreas de la región latinoamericana.

Al principio de su discurso expresó: Nuestra reunión de hoy es una pieza clave del plan más amplio y de la visión que transformará a cada uno de nuestros países. Y a medida que crezcamos y prosperemos, nos desarrollaremos como una región, una región enorme que se extiende desde el Polo Norte hasta el Polo Sur.

Los sistemas de transporte que administramos, son las columnas vertebrales de nuestros países. Son los motores del crecimiento, que proveen los medios para que los pueblos participen activamente en la economía, los caminos, las vías, rutas aéreas y las rutas fluviales y marítimas.

El discurso del principal representante del gobierno de los EE.UU. en materia de transporte, tenía como finalidad lanzar un desafío a los representantes de los gobiernos de los países de América Latina, para abrir sus mercados del transporte y se integraran, a través de una red unificada, que tenía como meta el año 2000. Para alcanzar esa red unificada de transporte para el siglo 21, el secretario de Transporte de EE.UU. esbozó un plan que constaba de cinco partes: Primero decía Peña, había que derribar las barreras que obstruyen la inversión internacional en nuestros sectores nacionales del transporte.

De acuerdo con este planteamiento, los países suramericanos han de invertir $20 millones en los próximos años, y gran parte de eso lo financiará el sector privado. Pero los capitales no vendrán, a menos que el mercado sea verdaderamente abierto; y, a menos que creemos un ambiente seguro y estable para los inversionistas privados. Esto incluye mercados que estén libres de la corrupción.

Segundo, considerado como un elemento crítico de la estrategia, es que la competencia sea el principio orientador. La competencia beneficia a los consumidores y a los negocios. Este segundo aspecto, Peña lo aclaró al brindar como ejemplo el convenio de cielos abiertos, firmado entre EE.UU. y Canadá. Este convenio tiene un mecanismo de aplicación gradual en tres años. Pero en el primer año, los beneficios habían sido significativos, debido a que un millón más de pasajeros habían viajado entre los dos países, lo que equivalía a cinco veces más de lo que existía antes del convenio, que generó $2.000 millones en nuevas actividades económicas. Este es mi sueño: Ver que se repita en todo el hemisferio este tipo de resultados, dijo Peña.

Tercero, había que emplear agresivamente las tecnologías nuevas, para hacer que el transporte sea más rápido, inteligente, seguro y eficiente.

En los EE.UU., el gobierno le había sugerido a las 75 áreas metropolitanas que invirtieran en tecnologías inteligentes, que permitieran que las ciudades manejaran el tránsito y respondieran a las emergencias de mejor forma, en lugar de invertir en infraestructuras costosas que tuvieran como finalidad aliviar un problema de congestión.

Esta sugerencia, representaría una reducción de 15% al año, el tiempo de viajes, ahorro de dinero y tiempo; lo que se calculaba sería de aproximadamente una semana al año por persona.

Cuarto, se considera como una barrera para el desarrollo de los servicios de transporte, la existencia de múltiples normas para los equipos, las operaciones y seguridad en el aire. En este sentido, la estrategia debería ser la armonización de las reglamentaciones del sector del transporte.

En el quinto punto del plan, recomendaba la uniformidad en las prácticas de seguridad y protección. Las personas deben sentirse tan seguras al viajar en un ómnibus en Buenos Aires, como cuando vuela en un avión desde Chicago, o va en un tren en México.

Federico Peña concluyó su intervención, refiriéndose a una estatua del gran libertador Simón Bolívar, ubicada cerca de la Casa Blanca en Washington, la que recuerda los valores democráticos de nuestras naciones y el legado común: Bolívar fue un soñador y un luchador por la unión de las Américas, la meta que tratamos de lograr aquí ciento setenta y cinco años más tarde.

Como era de suponer, la exposición de Peña sentó las bases y brindó un claro mensaje de cuál era la aspiración del gobierno de los EE.UU., al promover estas cumbres y estos encuentros hemisféricos, con la presencia de tanta gente importante dentro del sector transporte.

Al menos en el sector del transporte aéreo, los deseos eran de más apertura, más facilidades a la inversión extranjera, mayor competencia, uso agresivo de la tecnología, armonización de las reglamentaciones en el sector y uniformidad en las prácticas de seguridad y protección.

Robert L. Crandall realizó un recuento de lo que había significado en su país la política que desregulaba el transporte aéreo y sus implicaciones en América Latina (Deregulation Law / Ley Desregulatoria).

Coincidiendo con su secretario de Transporte, Crandall reconoció que la aviación ha sido identificada como el componente central de los viajes y del turismo y como un facilitador para el crecimiento del comercio mundial. Por eso, los gobiernos han ido incrementando su interés por encontrar caminos que permitan una mayor liberalización del transporte aéreo, para producir más viajes, trabajos en turismo y dólares.

Es fácil comprender por qué la industria del turismo genera $3,6 trillones de anuales en viajes. Esto significa $125 billones al año en negocios, aquí en América Latina, y un importante factor que robustece el crecimiento económico de la región. Durante la primera mitad de la década, el producto nacional bruto de América Latina ha crecido cerca del 20% y se proyecta saludable para los próximos años.

En los últimos años, los países que han experimentado altas tasas de crecimiento turístico -Chile, Argentina y Costa Rica- tienen también el más alto crecimiento económico. Esto, pienso, deja claro que la liberalización de los viajes y el turismo tienen una estrecha relación con el crecimiento y la vitalidad económica, expresó Crandall.

Desde una perspectiva política, los planteamientos de Crandall tenían algún sentido, pero no resistiría un análisis serio desde la perspectiva del desarrollo económico, ya que crecimiento no es sinónimo de desarrollo, que es lo que necesitan los países de América Latina. Además, dentro de los ejemplos que citó, con excepción de Chile, no eran los mejores en materia de apertura del transporte aéreo.

Sin embargo, fue muy importante el reconocimiento que hizo el presidente y CEO de la más importante línea aérea del mundo a las aerolíneas de América Latina, al expresar que habían logrado incrementar la calidad de sus servicios, al ofrecerles mejores aviones a sus consumidores, facilidades en los aeropuertos, confortables oficinas de reservaciones, excelente entrenamiento a sus empleados y mejores sistemas de distribución.

Crandall concluyó su intervención diciendo: Ustedes pueden estar seguros de que American Airlines está, y se los recordaré, lista para participar con ustedes en la maximización y contribución que una vibrante y rentable industria de las líneas aéreas pueda hacer por la buena economía de la región.    

Moisés Véliz Arosemena
Economista y Consultor de Empresas
mveliz03@gmail.com

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