América Latina enfrenta crecientes incertidumbres

América Latina enfrenta crecientes incertidumbres
En Centroamérica se han realizado vigilias tras la muerte de más de 200 personas desde que empezaron las protestas en Nicaragua, responsabilizando al gobierno de Daniel Ortega. | EFE|Jeffrey Arguedas

La alegría que sintieron los mexicanos después de que su equipo de fútbol derrotó al de Alemania el domingo pasado [y a Corea del Sur este sábado 23 de junio] fue tal que nadie dudó de los informes posteriores de que el “salto masivo” había provocado un mini terremoto. Sin embargo, en toda la región, la mayoría de los latinoamericanos parecen infelices.

Nicaragua está paralizada por las protestas contra el gobierno. México enfrenta el riesgo real de que Donald Trump anule el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Y todos los países, en medio de un enervante año de elecciones, están plagados de una incertidumbre que enfrentan todos los mercados emergentes. Sin embargo, no todo es tan malo como sugieren los titulares.

La mitad de los problemas son externos

Las tasas de interés más altas en Estados Unidos (EU), la fortaleza del dólar y la escalada de la guerra comercial de Donald Trump han trastocado los mercados a nivel mundial.

Esto se cumple especialmente en el caso de Argentina, país que este mes firmó un paquete de $50 mil millones del FMI y ahora se encuentra en una cuerda floja financiera.

Sin embargo, en otros lugares resulta llamativo que las finanzas más apretadas y los precios blandos de los productos básicos no hayan provocado las crisis de la balanza de pagos ni de deuda que provocaron en el pasado.

La otra mitad de los problemas son internos, la mayoría de ellos políticos

Comencemos con Colombia, que el domingo eligió a Iván Duque, un senador de centroderecha, como presidente. Fue una contienda amarga, la primera desde el polémico acuerdo de paz de 2016 con el grupo guerrillero marxista de las FARC. Pero en gran medida estuvo exenta de violencia.

Duque, de 41 años, también obtuvo un mandato inequívoco, con el 53% de los votos, y su oponente Gustavo Petro, un izquierdista quien fue previamente alcalde de Bogotá, concedió la victoria, de forma poco elegante, pero sin discusiones. Ahora encabezará una oposición energizada. Eso demuestra que la democracia liberal está funcionando como debe.

El reto de Duque ahora es unificar el país, consolidar el proceso de paz que criticó y demostrar que puede gobernar independientemente de su mentor, el expresidente y autócrata Álvaro Uribe. Nombrar un gabinete joven, con puntos de vista modernos, sería un buen comienzo.

Luego está México, que celebrará elecciones presidenciales el 1 de julio. Andrés Manuel López Obrador, un inconformista de izquierda, probablemente triunfará. Esa perspectiva ha puesto nerviosas a las empresas y ha llevado a los mercados a aumentar el riesgo mexicano —aunque nadie argumenta en contra su política distintiva de acabar con la corrupción.

El reto de López Obrador será armar un gabinete convincente que pueda implementar sus ideas. Comienza con una buena ventaja: la macroeconomía mexicana está básicamente saludable. Siempre que  Trump no cause demasiados problemas y López Obrador mantenga su línea recientemente moderada —dos grandes interrogantes— a México podría irle bien.

Y por último, está Brasil. La ira popular provocada por la corrupción ha destruido la clase política tradicional y ha producido un campo fragmentado de candidatos de cara a las elecciones del 7 de octubre.

Los populistas, especialmente Jair Bolsonaro, de extrema derecha, han explotado las frustraciones públicas.

La economía, cargada con una creciente deuda interna, necesita atención urgente, incluso aunque aparentemente nadie puede hacerles frente a los problemas.

Muchos inversionistas y la mayoría de los brasileños se muestran muy pesimistas. Sin embargo, si Brasil sigue el manual de las elecciones colombianas, el campo de candidatos se asentará a medida que se acerque el día de la votación, se formarán coaliciones y se despejará la incertidumbre paralizante.

La democracia liberal es frágil, y está sujeta a una constante presión sobre sus controles y equilibrios. Sólo la mitad de los latinoamericanos dicen que creen en ella, la cifra más baja en una década.

Sin embargo, la mayor parte de la región todavía sigue procesos constitucionales. La minoría de los países que no lo hacen —los países revolucionarios de Nicaragua y Venezuela en particular— le brindan un servicio triste pero muy valioso al resto. El ejemplo de las crisis en estos países representa una advertencia gráfica de qué es lo que se debe evitar.


Por: FT View
Financial Times

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