Apagar incendios, un escape de la violencia

Apagar incendios,  un escape de la violencia

El Salvador se ha convertido en el país más peligroso fuera de las zonas de guerra

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Sergio Altamirano vive en la capital mundial de los homicidios. Y como si no fuera suficientemente peligroso, pasa sus sábados haciendo cosas como lanzarse al corazón de un incendio.

Altamirano, de 15 años, es un miembro de un grupo de voluntarios de rescate y primeros auxilios llamado Comandos de Salvamento. Ha estado viajando en ambulancias, ocupándose de víctimas de homicidios y ayudando a apagar incendios desde los 10 años. Esas actividades, irónicamente, probablemente sean más seguras que pasar el día en las calles de este país infestado por las pandillas.

El año pasado, El Salvador se convirtió en el país más violento fuera de las zonas de guerra. Según las estimaciones del gobierno, la tasa de homicidios fue de 104 por cada 100.000 personas, frente a cerca de 69 por cada 100.000 en 2014.

Esa es la tasa de homicidios más alta para un país desde mediados de los años 90, cuando El Salvador era un lugar aún más peligroso, según datos del Banco Mundial.

La tasa en México es de unos 14 por cada 100.000 personas y en Estados Unidos  (EE.UU.) de cuatro por cada 100.000.

El país centroamericano se ha vuelto tan peligroso que el Cuerpo de Paz de EE.UU. recientemente anunció la suspensión de sus operaciones allí. El gran aumento de la violencia también es un motivo crucial por el que más salvadoreños, incluso menores no acompañados, están tratando de emigrar de forma ilegal a EE.UU.

Lo que hace que crecer en El Salvador sea tan peligroso es la prevalencia de pandillas, en particular las dos principales facciones rivales, la Mara Salvatrucha, o MS13, y Barrio 18. Los jóvenes pueden ser asesinados si pasan sin darse cuenta del territorio de una pandilla al de la otra.

Para muchos jóvenes como Altamirano, que quiere ser bombero, unirse al grupo de primeros auxilios es una de las pocas estrategias que quedan para prevenir una muerte temprana.

Altamirano es uno de los cientos de menores salvadoreños que trabajan de voluntarios en los Comandos. Cerca de un tercio de los 3.500 miembros del grupo de voluntarios son menores, incluso algunos de 9 años. Aprenden destrezas como primeros auxilios y reciben capacitación que podría ayudarles a conseguir empleo cuando sean adultos.

También los mantiene alejados de las pandillas, que cada vez apuntan más a los jóvenes. Niños desde los 12 años son reclutados a la fuerza para servir como soldados, o en el caso de las niñas, esclavas sexuales.

Steffany Vanegas, otra voluntaria de los Comandos de 15 años, dice que ella y sus amigas de la escuela ya pueden distinguir qué compañeras están involucradas con pandillas. Algunas de las niñas pronto darán a luz al bebé de un pandillero, dice Vanegas y añade que en su cuadra, la mayoría de los chicos están ahora vinculados con bandas.

Sonríes, los saludas si te hablan, quizás les dices hola, pero de ahí te vas, ya, dice Vanegas sobre las reglas de la calle para interactuar con los miembros de pandillas que viven cerca de su casa.

Fundados en 1960, los Comandos se ganaron el respeto de todos los sectores durante la guerra civil que tuvo lugar entre 1975 y 1992, que se estima que cobró la vida de 75.000 personas.

Durante el conflicto, el grupo atendió por igual a civiles, guerrilleros y soldados. Entonces, como ahora, proporcionó una ruta de escape para que los jóvenes voluntarios evitarán ser reclutados por un bando o el otro, explica el vocero Francisco Campos. El grupo fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 2001.

Debido a que provee servicios de salud a todos, incluyendo miembros de pandillas, vestir el uniforme amarillo y verde y llevar una tarjeta de identificación de los Comandos les da a los jóvenes como Vanegas y Altamirano algo de respecto de las pandillas. Algunas de las ambulancias que usan son autos modificados equipados con una camilla en la parte trasera y un banco para los asistentes.

Vanegas empezó a trabajar de voluntaria a los 9 años alentada por su familia. Los viernes forma parte del equipo de paramédicos; los domingos está con el de rescate.

Me gusta poder ayudar a los demás, dijo un reciente viernes por la noche en la base de los Comandos en San Salvador. Y me gusta sentir la adrenalina, añadió con una gran sonrisa.

Ella ya ha presenciado bastantes muertes. Recuerda un turno de medianoche con los paramédicos cuando la policía les allanó el camino hasta dos hombres que habían recibido disparos en la calle, uno de ellos con cuatro balazos en el pecho, la espalda y la pierna. Vanegas marcaba el ritmo mientras su compañero realizaba reanimación cardiopulmonar. Ambos hombres murieron en el hospital.

Ileana Najarro 
San Salvador
Dow Jones

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