Bicentenario de lujo

Bicentenario  de lujo

 

 

 

 

 

 

 

Marianela Palacios R.

Editora

 

Un gran orgullo sentí el pasado 5 de julio, como venezolana, por los extraordinarios actos que se hicieron en Caracas para festejar el bicentenario de la independencia de Venezuela.

Pero en particular por el concierto dirigido por Gustavo Dudamel, ese joven genio de la música universal, que ha logrado poner muy en alto el nombre de mi país y evitado que la polarización política contamine su obra, su liderazgo y su legado a tantos otros músicos.

Ese concierto fue una bella prueba de que los venezolanos, sean del signo político que sean, son capaces de hacer obras maestras cuando trabajan hermanados y cuando dejan de lado sus diferencias circunstanciales.

El desfile militar también fue un evento majestuoso, pero yo jamás me he sentido cómoda con ese afán marcial del presidente Hugo Chávez y con ese interés de mostrar al mundo que ahora tiene una fuerza armada verdaderamente armada y de prepararse continuamente para la guerra.

La celebración del bicentenario debió haber sido principalmente una fiesta civil y un momento perfecto para allanar el camino hacia el reencuentro de las dos Venezuelas que hoy comparten ese territorio.

Me alegró ver al Presidente en Miraflores, recuperado por las atenciones médicas recibidas en Cuba. He escuchado a algunos compatriotas celebrar la noticia de su cáncer y la verdad es que eso me ha llenado de vergüenza y un profundo dolor.

Pero entiendo que los amores y odios que el jefe de Estado ha sembrado en mi país durante los últimos 13 años, han llenado a muchos de rencores difíciles de manejar.

Yo, señor Presidente, le deseo una larga vida. Y que no salga de Miraflores por razones médicas, sino electorales, cuando Venezuela haya madurado políticamente lo suficiente como para independizarse del nuevo caudillo al mando.

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