Centroamérica: Prepararse para lo peor, la mejor respuesta

Centroamérica: Prepararse para lo peor, la mejor respuesta

Sri Mulyani Indrawati
Directora Gerente
del Banco Mundial

 

Dentro de unas semanas, algunos contratistas presentarán sus ofertas a la municipalidad salvadoreña de Tepetitán para construir una nueva escuela y reemplazar la que fue destruida por la tormenta Ida en 2009. Estas nuevas instalaciones serán algo más que un lugar donde los niños acuden a aprender serán un refugio que los protegerá en caso de que ocurra un desastre natural similar.
El proyecto, valuado en un cuarto de millón de dólares, financiado por Brasil y gestionado por el Banco Mundial y el Mecanismo Global para la Reducción de Desastres Naturales y la Recuperación, es un pequeño pero significativo ejemplo del nivel de cooperación, intercambio de conocimiento e innovación necesarios para abordar el creciente costo humano de los desastres naturales.
Luego de que estudios hidrológicos y geológicos ayudaran a identificar una ubicación segura, los diseñadores del proyecto utilizaron las especificaciones técnicas más recientes, como el Índice de Seguridad de Escuelas desarrollado por el Banco Mundial y la Organización Panamericana de la Salud durante trabajos de prevención realizados en Guatemala.
La probabilidad de que otro desastre natural impacte en la zona no es pequeña. El Salvador y gran parte de Centroamérica son propensos a desastres naturales de todo tipo terremotos, huracanes, inundaciones, aludes, erupciones volcánicas y más. De acuerdo al estudio Áreas Vulnerables a Desastres Naturales del Banco Mundial, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Panamá y Nicaragua se ubican entre los quince países más expuestos en el mundo a riesgos económicos causados por tres o más riesgos naturales.
Añadido al hecho de que la rápida urbanización y el cambio climático hacen que estos desastres naturales sean más frecuentes o más costosos (o ambos), muchos podrían pensar en no hacer nada y resignarse. Pero no se equivoquen, se puede y se debe hacer mucho más para mitigar los efectos de los desastres naturales venideros.
Esto quedó muy en claro el año pasado cuando, en un período de 47 días, Haití y Chile fueron golpeados por terremotos devastadores. Los terremotos variaron en aspectos importantes ajenos al control humano, como la proximidad del epicentro a las grandes poblaciones, pero la influencia humana, en particular las malas construcciones y una débil capacidad institucional, demostró ser decisiva en términos de víctimas. El terremoto de Haití cobró la vida de 230,000 personas; en Chile fueron menos de 600, a pesar de ser mucho más fuerte.
Afortunadamente, los gobiernos centroamericanos han comenzado a prepararse para lo peor. Desde que el Huracán Mitch, el segundo más mortífero en el Atlántico, tocara tierra en 1998, los líderes regionales redoblaron sus esfuerzos por mejorar la mitigación de los riesgos y la adaptación climática.
Nosotros en el Banco Mundial hemos participado de este trabajo a varios niveles. En Honduras y Nicaragua hemos ofrecido financiamiento y capacidades a través de Proyectos para la Mitigación de Desastres Naturales, que han servido para desarrollar la capacidad institucional local para así responder mejor a los desastres naturales. También hemos ayudado en la elaboración de mapas de riesgo, pronóstico de inundaciones y sistemas de alerta temprana así como en la adopción de medidas de mitigación a largo plazo y gestión de cuencas hídricas.
En Guatemala también hemos respaldado la elaboración de un nuevo código de construcción, oficializado hace menos de dos meses. Y en El Salvador y Costa Rica, básicamente mediante fondos locales, estamos ayudando en la implementación de la Evaluación Centroamericana de Riesgos Probabilísticos, una plataforma sin costo y abierta que servirá para identificar mejor el riesgo ante y la exposición a los desastres naturales.
Cuando los desastres naturales pueden fácilmente causar miles de millones de dólares en daños, está claro que cualquier inversión realizada ahora en mitigación es una inversión para proteger el desarrollo. No es de sorprender que una de las prioridades del Banco sea la integración de prácticas de gestión de riesgos ante desastres naturales dentro de las estrategias para el desarrollo y las políticas de inversión de los países con quienes trabajamos.
Aun así, cuando un desastre natural ocurre, el costo de la recuperación normalmente es extremadamente alto y la cantidad de ayuda insuficiente. De acuerdo al Comité de Ayuda al Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el dinero proveniente del exterior normalmente cubre menos del 10% de las pérdidas de un país.
Esta es la razón por la que el Banco Mundial ofrece nuevos instrumentos de financiamiento como las Opciones de Disposición Diferida ante Catástrofes Naturales (CAT DDO, según siglas en inglés) para que se pueda tener acceso a una fuente de liquidez inmediata luego de un desastre natural. Actualmente, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Panamá están utilizando o preparándose para utilizar este instrumento, por un total de 245 millones de dólares.
Como Ministra de Finanzas  de Indonesia tras el devastador tsunami de Aceh en 2004, tengo experiencia directa del costo social y económico de los desastres naturales. Pero también he llegado a comprender que al igual que mi propio país, muchos países, incluyendo los centroamericanos, están aprendiendo de sus experiencias y preparándose para los peligros futuros.
Eso es lo menos que podemos hacer, particularmente por los niños que viven en áreas cada vez más vulnerables como Tepetitán.

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