Clinton muestra optimismo sobre la economía y el futuro de EE.UU.

Clinton muestra optimismo  sobre la economía y el futuro de EE.UU.

El mensaje optimista de la candidata presidencial no concuerda con un electorado presuntamente desanimado

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Mientras su oponente difunde oscuras advertencias de decadencia económica, recientemente la retórica de campaña de Hillary Clinton muestra insólitos matices del optimismo al estilo de Ronald Reagan en su famoso discurso Morning in America.

La semana pasada en Michigan, la candidata demócrata a la presidencia acusó a su rival republicano Donald Trump de descalificar a Estados Unidos (EE.UU.) como un país en desarrollo y subestimar su dinamismo e innovación. No hay nada que (EE.UU.) no pueda hacer si lo hacemos juntos, dijo, prediciendo que los mejores días del país aún están por venir.

Su mensaje optimista no concuerda con un electorado presuntamente desanimado. Después de todo, ésta es una competencia que se suponía que estaría dominada por el pesimismo económico, el aumento de la desigualdad, el populismo colérico y un rechazo a la globalización, los sentimientos que ayudaron a engendrar las candidaturas del señor Trump y del socialista Bernie Sanders.

La señora Clinton reconoce esos desafíos en la campaña electoral. Sin embargo, ella también está intentando aprovechar los incipientes indicios de optimismo sobre la economía que hasta ahora han recibido poca atención.

Las encuestas sugieren que esta estrategia tiene sentido. El nivel de aceptación del manejo de la economía por parte del presidente Barack Obama se encuentra en estos momentos en un máximo de siete años, según una encuesta Gallup. No es estratosférico, pero muestra una recuperación desde las profundidades de la crisis.

Los votantes que pertenecen a minorías, con cuya participación masiva cuenta la señora Clinton para ganar, son especialmente optimistas. Aproximadamente, el 35% de los afroamericanos piensa que habrá mejores condiciones económicas dentro de un año, una cifra muy superior al 8% que piensa que se deteriorarán, según el Centro de Investigación Pew. Entre los hispanos, el 44% pronostica una economía más fuerte, mientras que el 75% espera una mejoría de sus finanzas.

Estos indicadores son más optimistas que los de los votantes blancos y son especialmente sorprendentes dadas las mayores tasas de desempleo que padecen los afroamericanos y los hispanos. Reflejan una sensación al menos en algunos sectores de la población de que ha habido cierto avance en comparación con la suerte de las generaciones anteriores.

La cuestión es si el cauteloso optimismo de la señora Clinton se verá reivindicado por el desempeño de la economía. A corto plazo, la historia ha sido positiva. No sólo EE.UU. está cercano al pleno empleo y el mercado de valores se encuentra a niveles históricamente altos, sino que el crecimiento salarial está en su mejor momento desde la crisis.

Cuando comparamos la herencia del próximo presidente con la que recibió el señor Obama en 2009, cuando EE.UU. estaba en medio de su peor crisis de la posguerra o de hecho la del señor Reagan, quien asumió el poder en un período de inflación y desempleo endémicos podemos ver por qué los asesores de la señora Clinton creen que ella se beneficiará de las condiciones económicas favorables. Si se compara el rendimiento de EE.UU. con las sombrías perspectivas de Europa o China, el argumento se fortalece.

Sin embargo, la señora Clinton enfrenta dos desafíos. Aunque apelar a la autoestima estadounidense ha sido una estrategia fiable para los candidatos presidenciales, ella no es en lo absoluto una vendedora natural.

Sus discursos complejos y llenos de detalles pueden ser difíciles de digerir y ella carece de la capacidad del señor Reagan para colmar los corazones, o los talentos en la oratoria de su esposo o del señor Obama.

Más importante aún, las preocupantes tendencias a más largo plazo que han contribuido a hacer la elección actual tan impredecible no se han evaporado repentinamente.

A pesar del impactante crecimiento del empleo en EE.UU., los economistas de la Reserva Federal (FED, por sus siglas en inglés) han ido rebajando sus perspectivas de crecimiento a más largo plazo. La productividad, que es fundamental para generar crecimiento sostenible de los ingresos, ha caído durante tres trimestres consecutivos. El mecanismo de la movilidad social se ha oxidado y el crecimiento sigue estando distribuido de forma desigual en todo el país.

La agenda política de la señora Clinton sigue siendo escasa en lo que respecta al desafío que representa la productividad, en parte porque aún no se sabe bien qué ha salido mal.

El plan de gastos de infraestructura de $275.000 millones que ella propone sería útil si recibe el apoyo del Congreso pero no podrá avanzar mucho más. Algunos economistas creen que debería proponer ideas más audaces para enfrentar el lastre sobre la innovación y el dinamismo que provoca la creciente posición dominante de las grandes compañías titulares.

Si la señora Clinton gana en noviembre, será en parte gracias a los propios errores de su rival. Pero también será porque le ha logrado vender una visión esencialmente positiva de las perspectivas de EE.UU. a un sector amplio y diverso de la sociedad, en medio de una recuperación desigual. Si el repunte estadounidense no logra estar a la altura de los argumentos de venta, el próximo presidente podría enfrentar otro grupo de rivales populistas.

Sam Fleming
Financial Times

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