Conspiración cultural

Conspiración cultural

Las economías de escala de los países más desarrollados les permiten producir a menores costos

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Nuestra cultura pauta nuestra conducta, y muy particularmente dictamina como nos portamos como ciudadanos, como consumidores, como trabajadores y como empresarios, incluso determina hasta cómo y por quiénes somos gobernados. Vivimos como somos, y no somos suizos. Somos hispanoamericanos, una mezcla histórica de inmigrantes europeos, indígenas y esclavos africanos, algunos más, otros menos.

¿Se ha preguntado usted por qué tanto de lo que consumimos o utilizamos a diario, la ropa, los automóviles, la maquinaria, incluso la televisión (TV) que vemos proviene de países más desarrollados? ¿Será que sentimos que lo nuestro, lo producido aquí, no es tan bueno, que lo de allá es mejor y más barato, o será que se nos imponen gustos y patrones de consumo que nos alienan y nos someten, como sugeriría el discurso de la izquierda?

Algunas de estas interrogantes tienen respuestas sencillas que nada tienen que ver con cualquier tema socio-cultural, o político. Las economías de escala de los países más desarrollados les permiten producir a menores costos. Panamá o Costa Rica no tienen mercados lo suficientemente grandes como para sustentar industrias automotrices, ni fábricas de maquinaria o aviones, si viene al caso, por lo cual tienen que importarlos. Pero, lamentablemente, otras respuestas terminan incomodando a muchos.

Raíces históricas

de la desigualdad

La desigualdad entre culturas la explora Gregory Clark en su libro Farewell to Alms que subtitula Una Breve Historia Económica del Mundo. Argumenta que la revolución industrial ocurrió en Gran Bretaña, y no en otra parte, por sobradas razones y con  antecedentes lógicos, dando lugar a lo que él llama la Gran Divergencia entre las naciones. Los pobres se hicieron más pobres, y los ricos más ricos.

Otros autores irían más atrás, y se centrarían en la diferencia entre lo que fuera la colonización británica del Norte de América y la conquista del Sur por los imperios de la península Ibérica, alegando que unos vinieron a desarrollar nuevas sociedades y mercados, y otros, a subyugarlas. Desde su entrada por lo que es ahora Plymouth, Massachusetts, los peregrinos construyeron lo que es hoy el mercado más grande del mundo.

Edward Banfield, en 1958, escribió Las bases morales de una sociedad atrasada, atribuyéndole al marco cultural de ciertas sociedades al Sur de Europa su incapacidad de lograr un desarrollo económico sustentable. Más recientemente, en La riqueza y la pobreza de las naciones, David Landes concluye también que el éxito o fracaso de las economías obedece a factores culturales más que cualquier otra variable. Empeño, trabajo, tenacidad, honestidad y tolerancia serían las cualidades que marcan la diferencia, algo que ya en otro siglo Max Weber sostuvo.

Amy Chua y Gregory Clark afirman que la tecnología, por si sola, nunca podrá levantar el estándar de vida de una sociedad, si no viene acompañada de valores y hábitos que conduzcan a ello. Esto ha sido más que comprobado por el fracaso de las reformas agrarias de los años 60 en países hispanoamericanos que en nada lograron industrializar el campo.

Aún otros autores culparían a la religión. La conquista española nos catequizó, imponiendo a veces a la fuerza creencias alienantes a la cultura existente, y creando entre los esclavos africanos un sincretismo llamado santería. Los británicos estudiaban y discutían la Biblia, dicen, mientras los indios debían simplemente arrodillarse y rezar, sin cuestionar. Este argumento no deja de tener algo de peso, pues cada enfoque genera una sociedad y un individuo distintos, uno que cuestiona y otro que se somete.

David McClelland, estudió el factor motivacional de los países menos desarrollados y demostró que en estos el emprendimiento y el empeño son menos marcados que en el mundo cosmopolita. Y hasta en esto podría incidir el factor climático. Nuestros ancestros no tenían que hacer mucho esfuerzo para subsistir, no teniendo que enfrentar las vicisitudes del invierno, viviendo de la caza, la pesca y la recolección, como dicen los libros.

¿En qué se traduce todo esto?

Efectivamente, la esclavitud en hispanoamérica produjo una mezcla de sumisión y rebeldía que sumadas a las inmerecidas pretensiones de quienes acompañaron a Colón en sus travesías  se traducen hoy en lo que somos. Como consumidores y como ciudadanos, pretendemos lujos y buscamos marcas que nos representen pero muchas veces aceptamos la mala calidad, el mal servicio y los malos gobiernos, aunque por ellos refunfuñemos. Nos quejamos, pero volvemos. Volvemos al mismo supermercado que nos molesta, volvemos a votar por los mismos partidos que nos empobrecen.

Como trabajadores, despreciamos el servilismo porque nos hace sentir esclavizados. La calidad y la excelencia nos eluden porque la vida no puede ser tan bella ni perfecta, menos si no lo es en casa. Y como gerentes y empresarios, aceptamos lo anterior sin ser capaces de enfrentar los perniciosos efectos y retos de una cultura que marca nuestra propia manera de ser, de trabajar y producir bienes y servicios. Terminamos dándonos por vencidos. La corriente gana

Como ciudadanos, aceptamos la corrupción como norma de vida. Y lo que es peor, nuestras leyes muchas veces defienden el paternalismo al extremo de la alcahuetería. La inmunidad parlamentaria en muchos de nuestros países es una patente de corso para el parasitismo burocrático.

Yin & Yang: Hay que ir con la cultura y luchar contra ella a la vez

No podemos ignorar quiénes y cómo somos, cómo consumimos y cómo trabajamos, al diseñar productos y servicios, o al manejar lugares de trabajo. En materia de consumo, muchas veces debemos ir con la corriente, tropicalizando la oferta, pero en cuestión de gerencia, esto no siempre es lo más conveniente.

Debemos procurar una cultura desarrollista, inculcar un conjunto de valores que como consumidores nos lleve a exigir la excelencia, y como proveedores, a proveerla. En nuestros países, esto normalmente implica luchar contra la subcultura predominante, particularmente en las clases populares de donde provienen muchos de nuestros trabajadores, contra la viveza, contra la pereza y contra la resistencia a servir. No olvidemos que en Hispano América, las mayorías son pobres, se siente pobres, y se comportan como tal.

En materia estratégica, como gerentes y empresarios, quizás nuestro pasado histórico y nuestro contexto socio-cultural nos inclinen a sentir que el destino está predeterminado, y por ello sentimos que cambiarlo o construirlo es inviable.   

Francisco J. Quevedo
MBA y ABD.

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