Cristos

Cristos

Francisco Vera Izquierdo
El Nacional / GDA
Venezuela

 

Quizá, ninguna de las obras de Unamuno pueda responder, como este incuestionable poema de poemarios, El Cristo de Velázquez , a la idea de Julián Marías sobre el viaje de tensiones y alertas, de honduras y verdades, de búsquedas y promesas, de logros satisfactorios y sentimientos efímeros que promedia la lectura de cada uno de los versos inquietantes de este libro: Entramos en la lectura de Unamuno con el ánimo tenso y alerta, al acecho de hondas y entrañables verdades; a cada instante nos parece hallar lo que vamos buscando, o al menos la promesa de su presencia inminente; tal vez ninguna página nos defrauda; pero al doblar la última del volumen sentimos que no lo hemos leído bien, que su contenido se escapa, que tal vez fuera menester volver a empezar.
Recuento y evidencia de una mística en la visión escrituraria de la pintura: elipsis de la palabra en la mirada penitente de su exigencia velazquiana, epéntesis del cromo en el desgaste amoroso de la voz poética.
Humana y agónica, la experiencia poetizada aposentada en el cuadro de don Diego, depone otra similar relativa al Cristo de las Claras de Palencia.
De estructura tetrapartita, cada uno de los territorios verbales del poema va entresacando de la visión del pintor sevillano un sentimiento trágico de la vida que sólo el lirismo puede apaciguar en los alrededores de su esperanza.
Sobrecogedor y palpitante, muestra incansable de una agonía que es tanto humana como divina humana por divina y que desarticula el axioma para producir otros de sobrecogedora mixtura: Humano, demasiado divino y divino, demasiado humano, como Cristo mismo. Cristo pintado por el escritor o Cristo escrito por el pintor, se implican ajenos a toda frontera. Ha querido ver reunidos en el Cristo pintura, no sólo al hombre corporal que ha sufrido ya su muerte, sino al propio Dios que nunca podrá sufrirla. Siendo un hombre, está imposibilitado para morir; siendo un Dios, no podrá ser sólo hueso y carne. Don Miguel escribe para congeniar estos sentimientos encontrados en un acuerdo que nunca será del todo posible. Este acuerdo se efectuará en el místico terreno espiritual de la naturaleza amorosa: un ansia de amor que no puede cesar. Como si se quisiera entender la coincidencia, titula al corazón de su libro: Ansia de amor, apartado número siete, de la cuarta parte del extenso poema poemario. Allí se identifica el ansia de amor en Cristo con nuestra vida misma, pues Cristo y el amor llegan en unificada naturaleza: Sea el ansia/ de amarte nuestra vida. Cristo que ama, hombre que ansía ser amado; como si lo humano ascendiera a lo divino a lo espiritual por medio de Cristo, y como si lo divino viniera a habitar en nosotros en lo humano por medio del hombre a través del propio Cristo: Con esos brazos a la cruz clavados/ has hecho, maestro carpintero, casa/ de Dios a nuestra pobre tierra.
El texto fecunda una identificación absoluta entre Cristo y el hombre en el amor. El primero, hueso de los huesos humanos: Cristo,/ de nuestros huesos, hueso. El segundo, impulso de la vida, poderoso sentido de amor: ¿Qué es su luz sino sangre que enciende/ con el amor? La sangre en que la vida/ de la carne nos guarda, nos redime/ ni da fruto el amor sin sangre.

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