De vuelta al dilema minero

De vuelta al dilema minero

Orlando Mendieta

Capital

No cabe duda alguna de que la explotación de los yacimientos de oro y cobre generarán miles de millones de dólares en ganancias, sin embargo, lo que sí me atrevo a poner en duda es que su extracción mediante la minería de cielo abierto no tendrá ningún costo para el país y que los mayormente beneficiados con su desarrollo serán las comunidades que habitan en las zonas en que se encuentran estas reservas.

De acuerdo con estimaciones de la Cámara Minera de Panamá (Camipa), en nuestro país existen tres yacimientos de oro y cobre de nivel mundial, los cuales guardan oro y cobre valorados en $200.000 millones.

El problema a mi juicio es que para poder extraer estos metales se deberá talar, según cálculos iniciales, 6.000 hectáreas de bosques primarios y secundarios. Ciertamente esa cifra puede parecer pequeña si se argumenta, como hacen quienes favorecen la minería, que el país pierde cada año 40.000 hectáreas de bosques debido a la deforestación que acompaña a otras actividades productivas como la agricultura y la ganadería.

Sin embargo, se olvida de un hecho importante, esas 40.000 hectáreas están distribuidas en todo el país y no en un área específica como ocurre en una mina, lo que facilita que la propia naturaleza recupere sus espacios con el paso del tiempo, algo muy difícil de lograr en un área en la que se ha practicado la minería a cielo abierto porque esta actividad implica la remoción de la corteza terrestre para a través de procesos químicos extraer los metales en ella acumulados.

No sé cómo a alguien se le puede ocurrir comparar la agricultura de subsistencia que se practica en la mayoría de las comarcas indígenas y las zonas en que se encuentran los yacimiento de oro y cobre con la minería a cielo abierto. Es igual que comparar el impacto de la minería en Chile y en Panamá. Lo digo porque se trata de países muy distintos. Por ejemplo, en Chile las minas se encuentran en la región de Atacama, uno de los desiertos más inhóspitos del planeta, donde casi no llueve jamás y donde no existen ríos que se puedan contaminar. En esas condiciones qué importa cuánta tierra se tiene que lavar para extraer cobre o si una tina de lixiviación de cianuro se derrama. Pero en Panamá las cosas pueden ser a otro precio, sin duda 6.000 hectáreas de bosque menos podrían agravar el impacto del cambio climático en el país, el cual se expresa a veces en sequía y otras veces, como en diciembre pasado en lluvias intensas e interminables. Y quién cree usted que pagará el precio de esto o de un derrame de cianuro o mercurio en nuestros ríos, tal vez no sea usted o yo, pero de seguro sus hijos y sus nietos sí verán como arderá Troya gracias a la minería a cielo abierto.

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