Desarticulación entre educación y empleo

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El pasado 11 de mayo, el sitio Web del Ministerio de Trabajo y Desarrollo Laboral  (Mitradel) publicó un balance de la más reciente Feria de Empleo, llevada a cabo el fin de semana anterior en Panamá Oeste. Se presentaron 983 candidatos (as) para 837 vacantes. 4 de cada 5 aspirantes tenía entre 18 y 30 años de edad, 7 de cada 10 eran mujeres y 2 de cada 3 tenían educación secundaria o inferior.

La proporción de jóvenes buscando empleo está aumentando rápidamente. A agosto 2014, el 60% de los solicitantes tenía menos de 30 años, vs. 74% en la Feria de Empleo de Mitradel. Es decir, un aumento de 14 puntos (+23%) en 10 meses.

Esto reitera lo afirmado por el Banco Mundial en julio 2012, en relación a que el 95% de los jóvenes panameños humildes que culmina la secundaria prueba suerte en el mercado laboral, en contraste con el 64% de los egresados de clase media y alta que ingresa a la universidad antes de cumplir 25 años de edad. De hecho, la mitad de quienes comienzan la escuela secundaria no la termina, fundamentalmente por razones económicas.

Que cada vez más panameños (as) busquen empleo si acaso habiendo completado la educación media incide directamente sobre el perfil educativo de la fuerza laboral del país, de la cual el 65% tiene nivel de bachillerato o inferior y su promedio de escolaridad es de 11,3 años.

Este fenómeno está perpetuando una bonanza económica excluyente que margina al joven y al pobre. El 44% de los nuevos empleos creados en los últimos cinco años requirió títulos universitarios, es decir, 121.020 profesionales. Sin embargo, sólo el 5% de los jóvenes humildes que completó su secundaria entró a la universidad, por lo que estas oportunidades laborales beneficiaron mayoritariamente a trabajadores de clase media y alta. El resto optó por los 148.040 empleos que requirieron un título de bachiller o menos.

Más aún, 27.743 de estas nuevas plazas fueron para jóvenes menores de 30 años, lo que sugeriría que en cinco años, sólo 12.207 (44%) profesionales universitarios jóvenes habrían encontrado trabajo estable, es decir, 2.441 por año, 11% de los 22.000 que se gradúan anualmente.

Todos los años unos 88.000 jóvenes completan algún programa formativo (educación media, secundaria, universitaria, técnica, Instituto Nacional de Desarrollo Humano, etc.) y buscan trabajo. Pero entre el 2009 y 2014 la economía sólo generó 5.549 empleos estables anualmente, que en promedio requirieron 45 años de edad y 13,3 de escolaridad. El resto obtuvo trabajos temporales o informales, en el mejor de los casos.

Este patrón reitera la desarticulación existente entre el sistema educativo y el sector productivo. Nuestras entidades de enseñanza no están generando las competencias que el crecimiento económico requiere. Existe una sobreoferta de profesionales universitarios y un severo déficit de carreras técnicas cortas de rápida inserción, lo cual está ocasionando, por un lado, la grave alienación de nuestros jóvenes humildes del ámbito laboral, y por el otro, que del 28% al 45% de los nuevos empleos que se están generando requiera mano de obra importada.

Como país, el alineamiento de la oferta académica con las exigencias del empleo no es sólo conveniente sino crítico. Tanto el logro de competitividad con equidad social, como la mejora de los niveles de seguridad ciudadana dependen de ello. La prevención sostenible de la delincuencia poco tiene que ver con que haya o no policías, sino con que no exista necesidad de delinquir.     

René Quevedo
Asesor empresarial

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