Desprestigio de cumbres latinoamericanas

Desprestigio de cumbres latinoamericanas

Editorial de El Mercurio, de Chile, del viernes 18 de noviembre de 2011

Otra cita inútil: A pesar de la organización, se ha frustrado la reciente XXI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, celebrada en Asunción, para tratar nada menos que la Transformación del Estado y el desarrollo. El fracaso es una buena noticia:  Podría servir para racionalizar estos encuentros.

De poco o nada valió el esfuerzo del rey de España, del presidente Zapatero y del presidente de Portugal, que atravesaron el Atlántico para concurrir al evento, pues la mitad de los presidentes invitados se excusó de asistir; entre otros, los de Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Honduras, República Dominicana, El Salvador, Uruguay y Venezuela. Con razón el Presidente Piñera afirmó: Asistimos a una sucesión de cumbres; tantas, que parece una cordillera. Cumbre de Unasur, Cumbre de Mercosur, Cumbre Iberoamericana, Cumbre de la OEA. El Presidente se quedó corto: no mencionó las del Cecla, Andina, del Grupo de Río, de las Américas.

En América Latina se ha llegado a extremos en el abuso de las cumbres presidenciales y, más que por su número, por su inutilidad. La retórica es imbatible en nuestra región, tanto como el desprecio por los gastos en la organización, comitivas y reuniones preparatorias de estas citas, que distraen inútilmente a las cancillerías y cuestan millones de dólares a los presupuestos nacionales y de organismos igualmente inútiles.

En la última década se han celebrado cerca de un centenar de cumbres latinoamericanas y no se les recuerdan aportes al progreso e integración de sus pueblos. Prueba de su intrascendencia son las rimbombantes declaraciones, acuerdos y promesas que clausuran estos encuentros y que supuestamente fueron el motivo aparente de su convocatoria.

Algunas tesis paranoicas o de teorías conspirativas podrían atribuir el fracaso de las cumbres latinoamericanas a sus cancillerías, recelosas de las diplomacias presidenciales, siempre riesgosas por su improvisación, informalidad y falta de registro. No es así. La abundancia de estos encuentros surgió en la década pasada, alentada por el Presidente Chávez y sus aliados que las usaron como plataforma para difundir sus extremos ideológicos. Ahora, en su ocaso, no asiste el bloque del Alba, y el rey de España no estará expuesto a tener que hacer callar a Chávez en otra cumbre iberoamericana, como lo hizo en 2007, en Santiago.

Como lo advirtió el Presidente Piñera, se evidencia en estos encuentros la falta de voluntad política para la integración latinoamericana. se es el punto de fondo, agravado por divisiones, ideologismos, falta de liderazgos, ausencia de pragmatismo, que se repiten y manifiestan en la inoperancia de los organismos multilaterales y foros permanentes de América Latina, que también se han multiplicado y se superponen costosa e inútilmente.

Los gobernantes latinoamericanos deben tomar nota de lo ocurrido en la fracasada Cumbre Iberoamericana de Asunción y asumir que la persistencia de encuentros similares no sólo los desprestigia, sino que también le restan seriedad a toda la región frente a la comunidad internacional. Sería conveniente que más mandatarios se resten de participar en estas citas para no ser partes de encuentros inútiles.

Cristina o ¿el kirchnerismo para siempre?

Cristina Fernández de Kirchner y los dirigentes del Frente para la Victoria tienen todas las razones para festejar su arrollador triunfo: ella arrasó, obteniendo el 54 por ciento de los votos, a 37 puntos de su más inmediato seguidor, logró mayoría en ambas cámaras legislativas, y el control holgado de la gran mayoría de las gobernaciones provinciales. Y ya nadie puede atribuir su victoria a las pericias electoralistas de su difunto marido: la Mandataria no tiene otros acreedores que su electorado, se desenvolvió con brillante habilidad, supo capitalizar el nostálgico apoyo ciudadano a Néstor Kirchner, el excepcional crecimiento de la economía argentina y la eficacia que el aparato kirchnerista aporta al peronismo.

El tono conciliador del discurso triunfal de la Presidenta, distinto del que caracterizaba a su beligerante cónyuge, no logra tranquilizar a sus opositores, temerosos del poder acumulado por la gobernante. Y hay motivos para inquietarse. Ya se sugiere por cercanos colaboradores una reforma constitucional para permitirle un tercer período. No sería extraño: Perón y Menem lo intentaron. La reelección indefinida se ha enraizado por los gobiernos de izquierda en Latinoamérica; la practican Chávez, Morales y Ortega. En el caso argentino, además, cobra ribetes monárquicos, considerando que Máximo Kirchner, para algunos el delfín de Cristina, tiene reconocida influencia dentro del peronismo y en la Presidencia. Flaubert decía que la monarquía constitucional es la mejor forma de república. El problema es que, con los poderes de Cristina Fernández, podría tratarse de una monarquía absoluta.

La segunda administración de la Presidenta es una incógnita que comenzará a esclarecerse cuando se conozca su gabinete. Las especulaciones dan para todo: desde el continuismo hasta el cambio radical en su gabinete, y desde la profundización con tintes populistas hasta el pragmatismo en el manejo de la economía.

En la política exterior argentina hay señales de mayor realismo, luego que la Presidenta aceptara la invitación del Presidente Obama para reunirse al margen de la Cumbre del G20. Sería una oportunidad para mejorar las maltrechas relaciones trasandinas con Estados Unidos. No será fácil normalizar esos lazos, por la subsistencia de los efectos de la moratoria unilateral e impagos a los inversionistas extranjeros, que incluyen apreciables deudas a estadounidenses.

La visión externa favorece a la Mandataria. Su impresionante votación estabiliza a Argentina, la moderación de sus declaraciones le permitiría aumentar aún más el respaldo interno y el control del Poder Legislativo, la habilita para gobernar sin sobresaltos y adoptar las necesarias correcciones, incluyendo medidas impopulares, como la fijación de tarifas racionales de los servicios públicos de electricidad y gas.

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