Disputa comercial es sólo el comienzo de un conflicto más amplio entre EE.UU. y China

Disputa comercial es sólo el comienzo de un conflicto más amplio entre EE.UU. y China
El actual enfrentamiento es parte de una lucha por la supremacía mundial| Archivo

Lo inquietante de la guerra comercial de Estados Unidos (EE.UU.) contra China es que es sólo representa el comienzo. Donald Trump está obsesionado con los balances comerciales y con los aranceles. El presidente de EE.UU. añora la década de 1950, cuando la industria estadounidense era el líder indiscutible. Sin embargo, entre la creciente comunidad de halcones en Washington con respecto a China, restablecer los términos del comercio representa solamente un primer paso.

Mientras los negociadores estadounidenses y chinos estaban intentando lograr un acuerdo comercial, y fracasando, Mike Pompeo, el secretario de Estado estadounidense, estaba entregando un mensaje en Londres: Si le permiten a la compañía china Huawei construir cualquiera de las redes de comunicaciones de próxima generación, o 5G, del Reino Unido, pueden despedirse de la ‘relación especial’ entre el Reino Unido y EE.UU.

De regreso en Washington, el señor Trump anunció nuevas medidas para básicamente prohibir que Huawei venda tecnología en el mercado estadounidense, y también es probable que le impida comprar semiconductores estadounidenses que son cruciales para su producción.

A casi 10,000 kilómetros de distancia, los barcos de guerra estadounidenses estaban avanzando a través del mar de China Meridional. A la cabeza de una pequeña flotilla de embarcaciones japonesas, filipinas e indias, la marina estadounidense envió otro mensaje: Mientras China convierta rocas en disputa en puestos militares para reclamar sus derechos a esas aguas, EE.UU. responderá con más patrullas de libertad de navegación.

En Washington, algunos republicanos prominentes —el senador texano Ted Cruz, su colega Marco Rubio de Florida y Newt Gingrich, el expresidente de la Cámara de Representantes— se encuentran entre los que están pronunciando advertencias de que China ha iniciado una nueva carrera armamentista.

El señor Trump ha dicho que espera llegar a algún acuerdo con el presidente chino, Xi Jinping, cuando los dos se reúnan en la cumbre del G-20 en Japón el mes próximo. Los halcones con respecto a China ya han abandonado el tema de los aranceles.

Ellos ahora quieren básicamente desacoplar las economías de las dos naciones.

El presidente se ha inclinado en esta dirección con controles más estrictos sobre la inversión china en vulnerables sectores de la economía estadounidense y con nuevas restricciones para los estudiantes chinos en las universidades de EE.UU. La respuesta del señor Trump ante las quejas de que los altos aranceles están afectando a las empresas estadounidenses con plantas en China es clara: Traigan la producción de vuelta a EE.UU. Separar las cadenas de suministro estadounidenses y chinas restablecería la independencia nacional.

Hasta hace poco, a China se le consideraba como un competidor económico que no seguía las reglas del juego. China burlaba al sistema manipulando las reglas de comercio y de inversión; forzando la transferencia de tecnología de los socios occidentales; y robándose la propiedad intelectual. Tanto los demócratas como los republicanos en EE.UU., así como los europeos, han expresado la misma irritación con las restrictivas condiciones de inversión y con las asimétricas normas comerciales de China.

Sin embargo, actualmente la narrativa comercial está siendo incorporada dentro de una mucho más alarmante. La economía se ha fusionado con la geopolítica. China, según la Casa Blanca y muchos en el Congreso, no es sólo un competidor económico peligroso, sino una inminente amenaza existencial. Beijing tal vez no tenga las mismas ambiciones ideológicas que la Unión Soviética, pero sí amenaza la supremacía de EE.UU. Se necesita más que una igualdad de condiciones en el comercio para enfrentar este reto.

El cambio fue augurado en la Estrategia de Seguridad Nacional del señor Trump.

“China está utilizando incentivos y sanciones económicas, operaciones de influencia e implícitas amenazas militares para persuadir a otros Estados para que acaten su agenda política y de seguridad”, indica el documento. En cuanto al mar de China Meridional: “China ha montado una rápida campaña de modernización militar diseñada para limitar el acceso de EE.UU. a la región y darle a China mayor libertad allí”.

Asimismo, la Estrategia de Defensa Nacional producida por el Pentágono busca disipar cualquier duda. “Durante décadas, la política estadounidense se basó en la creencia de que el apoyo al ascenso de China y a su integración al orden internacional de la posguerra liberalizaría a China. Contrariamente a nuestras esperanzas, China expandió su poder a expensas de la soberanía de los demás. China está construyendo el ejército más capaz y mejor financiado del mundo, después del nuestro”. El objetivo, ha indicado el Pentágono, es “la hegemonía regional del Indopacífico en el corto plazo y el desplazamiento de EE.UU. para lograr la supremacía mundial en el futuro”.

La ironía es que el enfoque del señor Trump en los detalles de los intercambios comerciales durante 11 rondas de conversaciones entre Washington y Beijing, y su costumbre de darle cumplidos al señor Xi, ha ocultado este profundo cambio en la política estadounidense.

Nada estimula la neuralgia estadounidense como la tecnología.

uera del impacto temporal producido por la pérdida de la carrera espacial ante la Unión Soviética durante la década de 1950, EE.UU. consistentemente se ha sentido confiado en su primacía tecnológica sobre sus adversarios.

Ése ya no es el caso. Durante una reciente reunión de políticos y expertos estadounidenses, orador tras orador subió al podio para expresar los temores de que China esté ganando ventaja en aprovechar la tecnología digital 5G y las aplicaciones de Inteligencia Artificial (IA) para sus ambiciones militares.

El peligro de todo esto es evidente. Tratar a China como un innegable enemigo es una forma segura de persuadir a Beijing de que se comporte como tal. La desconfianza engendra desconfianza, la cual a su vez pudiera provocar un conflicto abierto.

China no es inocente; solamente hay que presenciar los constantes ataques cibernéticos a los ejércitos occidentales y a las infraestructuras vitales. Pero demonizar todo lo que hace simplemente abre el camino para pasar de una guerra comercial a algo mucho más peligroso. Lo que las dos naciones necesitan, sobre todo, es un reconocimiento de intereses comunes para evitar la escalada. De lo contrario nos estamos dirigiendo hacia una guerra mucho más caliente.

Philip Stephens
Financial Times

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