Editorial: El COVID-19: Una crisis sanitaria que amenaza nuestra economía

Editorial: El COVID-19:   Una crisis sanitaria que amenaza nuestra economía

Panamá lleva ya dos semanas conmocionado por las drásticas medidas adoptadas por el Gobierno Nacional  para limitar la propagación y el contagio del coronavirus (COVID-19). Al igual que en el resto del mundo, los panameños deben evitar en lo posible salir de sus domicilios y entrar en contacto con otras personas.

Nuestra rutina diaria ha saltado por los aires. La prioridad de la declaración del Estado de Emergencia es velar por la salud de los ciudadanos, aunque sea a costa del enorme impacto que estas medidas excepcionales tendrán en la sociedad y en la economía.

Un impacto especialmente grave para el turismo, el comercio, las actividades de entretenimiento, el transporte y el sector logístico, lo que vuelve a poner de relieve la vulnerabilidad de la economía de nuestro país en un mundo globalizado y nos sitúa ante una etapa de gran incertidumbre.

El país afronta esta emergencia en mejores condiciones que otros países de la región, pero la rapidez del contagio ha obligado al Gobierno Nacional a adoptar medidas excepcionales, que van desde el cierre de los centros educativos en todas sus etapas, de locales de ocio como gimnasios, discotecas y bares, así como la suspensión temporal de actividades sociales y culturales.

A partir de este domingo 22 de marzo y por 30 días, quedan suspendidos los vuelos internacionales de pasajeros, tanto de llegada como de salida, con los evidentes efectos sobre el turismo y otras importantes actividades económicas.

El presidente Laurentino Cortizo ha comparecido en varias ocasiones ante la opinión pública para anunciar y explicar estas medidas, que se han ido sucediendo a un ritmo vertiginoso a lo largo de la semana, al tiempo que crece la inquietud entre la ciudadanía. Las decisiones del Gobierno Nacional han seguido el criterio de los responsables sanitarios y de organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los expertos venían advirtiendo desde la primera semana de marzo la necesidad de aprobar restricciones drásticas que frenasen el COVID-19, siguiendo el ejemplo de países como China, donde surgieron los primeros casos en diciembre. Es inútil abrir ahora el debate sobre el acierto en los tiempos.

El mundo vive una crisis sanitaria desconocida y los esfuerzos políticos y ciudadanos deben centrarse ahora en el combate del virus, para atajar no tanto su expansión (la OMS ya ha declarado la pandemia) sino el ritmo de la misma.

El principal objetivo es no colapsar los hospitales para poder atender debidamente a los enfermos, a los del COVID-19, pero también a quienes sufren otras patologías que requieren tratamiento urgente.

El impacto de esta crisis en la economía va a ser significativa. Uno de los ejes de contención del COVID-19 es la restricción del movimiento de personas, piedra angular del turismo.

El tráfico aeroportuario ha quedado suspendido para los pasajeros, y la gravedad de la situación es  inédita porque en anteriores crisis, como la de la invasión militar estadounidense de 1989 o la crisis financiera de 2008, la actividad turística disminuyó, pero no se paró, como sí está ocurriendo en esta ocasión.

La diferencia positiva es que todo parece indicar que la duración de estas afectaciones será inferior a unos meses, una vez que se controle el contagio, y algunos más para recobrar la normalidad.

Además, el Ejecutivo ha adoptado medidas económicas para tratar de ayudar a las empresas durante este duro trance. Cabe esperar que las empresas, especialmente las micro y pequeñas empresas, reciban suficiente apoyo para mitigar el golpe, y que la situación sanitaria se reconduzca lo antes posible para recuperar la confianza de los mercados turísticos y reactivar las contrataciones.

Aun así, las fechas perdidas en el calendario turístico no se recuperarán, por lo que se presenta un año complejo con una pérdida de ingresos difícil de calcular aún, pero que será cuantiosa.

Esta crisis sanitaria presenta una dimensión desconocida, muy ligada a la globalización y la saturación de información o desinformación que vivimos. Estos días hemos visto personas vaciando las estanterías de los supermercados.

El pánico desatado no tiene un fundamento real respecto a nuestro bienestar inmediato, porque no existe una amenaza real que lo justifique. Las industrias y los distribuidores de alimentos y productos de primera necesidad   tienen garantizado el suministro y el país, en ningún caso, quedará desabastecido.

Pero todos debemos tener un comportamiento individual y colectivo que ayude a superar esta difícil situación y recordar que todos estos inconvenientes están justificados por motivos de salud pública y de interés general. Mientras tanto, es tiempo de quedarse en casa y actuar con responsabilidad, pero también es importante que el Gobierno Nacional, que encabeza el presidente Laurentino Cortizo convoque a todas las fuerzas sociales e intelectuales del país a un gran Diálogo Nacional para definir la hoja de ruta que se deberá seguir en los próximos meses para reactivar la economía, una vez superemos el momento crítico de la pandemia de COVID-19.

Editorial
Edición 978
Capital Financiero

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