Egipto, al borde de la anarquía

Egipto, al borde de la anarquía

Editorial del diario La Nación de Argentina, viernes 25 de noviembre de 2011

Hace nueve meses que, desde las calles y plazas de sus ciudades, los ciudadanos egipcios lograron, en una de las expresiones más conmovedoras de la llamada primavera árabe, desalojar pacíficamente del poder al autoritario Mubarak, hoy detenido y sometido a juicio por corrupción y violación de los derechos humanos de su pueblo.

Desde entonces los militares egipcios asumieron colectivamente el liderazgo de la marcha de una imprescindible transición, que, sin embargo, resultó demasiado larga, desordenada y poco transparente. Está ahora claro que el primer diseño de la hoja de ruta preparada por los militares para conducir a su país a la normalización fue equivocado.

No advirtieron que no podían postergar demasiado los cambios, atento a que no gozaban de la confianza de su pueblo y, peor aún, a que, acostumbrados al autoritarismo, no creyeron que sus propuestas iban a ser objeto de resistencia si no suponían un tránsito rápido hacia la entrega efectiva del poder a autoridades civiles. Quizá porque todavía suponen que podrán maniobrar para mantener sus privilegios.

Por ello propusieron conducir a Egipto hasta 2013, fecha inicialmente prevista para la entrega del poder a un presidente civil elegido en las urnas. La lenta cadencia que ello suponía debería comenzar el próximo lunes, cuando se inicien las elecciones parlamentarias, que se extenderán por espacio de cuatro meses. Luego, el nuevo Parlamento debería diseñar un mecanismo para dotar a Egipto de una Constitución que garantice adecuadamente la elección democrática de sus autoridades y los derechos y libertades de sus ciudadanos.

Ante la inmediata negativa popular a ese extendido calendario, el resistido jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas de Egipto, Muhammad Hussein Tantawi, cuya renuncia exigen quienes protestan, aceptó rápidamente reformular sus planes, de modo que el nuevo presidente pueda asumir antes de julio del año venidero. También resolvió aceptar la dimisión del actual gabinete y designar uno nuevo de salvación nacional, esto es, con una amplia participación del espectro político, lo que aún no ha sucedido.

La reacción adversa de la calle fue inmediata. Ocurre que para los militares ha llegado la hora de salir del poder y dedicarse a sus funciones específicas. Por esto el reclamo de una transferencia urgente del poder real a los civiles, para que sean ellos quienes conduzcan la transición. Desde hace varias noches la gente -en la simbólica plaza Tahrir, en El Cairo, y en muchas otras ciudades de Egipto- lo reclama insistentemente.

Las negociaciones que intentaron los líderes religiosos y hasta algunos médicos, por cuenta propia, fracasaron. La protesta exige completar una revolución que no admite demoras, y poder confiar en quienes tengan la responsabilidad de implementarlo. También busca el cese inmediato de la represión.

Ya no hay espacio para las postergaciones ni para la manipulación, lo que debe ser comprendido por la elite militar. Es necesario que de inmediato cese la violencia y que se transfiera el poder a un gobierno civil de transición, acelerando decisivamente el calendario para la normalización política. Para esto último, la inmediata puesta en marcha de las elecciones parlamentarias parecería una medida para descomprimir las tensiones, evitando que el caos se apodere de Egipto, hundiendo aún más su frágil economía.

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