El Estado, el pecado original de Brasil

El Estado, el pecado original de Brasil

Casi todos los líderes brasileños han compartido la idea de un Leviatán como motor del progreso

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Cuando se inició la construcción de Brasilia en 1956, el proyecto de la nueva capital anunciaba en todos sus aspectos las ambiciones de Brasil de convertirse en una potencia mundial. Los palacios de líneas futuristas diseñados por el arquitecto Oscar Niemeyer encarnaban las esperanzas de una modernidad utópica. Levantada en apenas 41 meses, Brasilia tiene una planta en forma de avión, un aparente símbolo de la impaciencia del país por levantar vuelo.

Sin embargo, la brillante nueva capital era, en realidad, un monumento al pasado. A pesar de su atractivo modernista, Brasilia fue una expresión más del largo y problemático apego del país al concepto de un gigantesco estado paternalista, gestor de los asuntos de toda la sociedad, desde las empresas más grandes hasta los ciudadanos más pobres.

Fundada por monarcas portugueses que trasladaron su corte de Lisboa a Río de Janeiro en 1808, Brasil ha experimentado casi todo tipo de gobiernos, desde emperadores y dictadores a demócratas y ex marxistas. Independientemente de su ideología política, casi todos los líderes brasileños han compartido la idea de un Leviatán como motor del progreso.

El problema es que, desde tiempo inmemorial, los líderes políticos de Brasil sólo han concebido una forma de hacer las cosas: El crecimiento del Estado, dijo Fernando Henrique Cardoso, ex intelectual de izquierda que durante su presidencia de 1995 a 2002 trató de reducir el tamaño del gobierno. Pero se necesita otra plataforma para el progreso, una que no excluya al Estado, pero que acepte a los mercados. Esto sencillamente no se entiende en Brasil.

Hoy, el Leviatán está enfermo. Brasilia está envuelta en un escándalo de malversación de fondos en la compañía estatal Petróleo Brasileiro S.A. Los investigadores acusan a políticos, ejecutivos del sector empresarial y otros empresarios de conspirar durante una década para desviar miles de millones de dólares de Petrobras a los fondos secretos de los principales partidos políticos y a cuentas en Suiza.

En el Congreso de Brasil, donde seis de cada 10 miembros enfrentan algún tipo de investigación penal, la cámara baja aprobó llevar a juicio político a la presidenta Dilma Rousseff, una economista de izquierda a quien muchos culpan de fomentar la corrupción y de arruinar la economía. Uno de los diputados que votaron a favor del juicio fue Tiririca, un payaso profesional que hizo campaña con el lema peor de lo que está no queda.

John Lyons y David Luhnow
Dow Jones

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