El giro de Occidente hacia la construcción de muros

El giro de Occidente hacia la construcción de muros

Existe un cierto escepticismo acerca de la capacidad de relacionarse exitosamente con el mundo exterior.

 

Berlin, Germany - November 8, 2010: View of the barren no man's land that separated East and West Berlin along Bernauer Strasse.

Derribe este muro, exigió Ronald Reagan en Berlín en 1987. Construyamos el muro exige Donald Trump, el hombre que está a punto de tomar el mando del partido del señor Reagan al ganar la nominación republicana para la presidencia de Estados Unidos (EE.UU.) en 2016.

Mientras que EE.UU. sigue debatiendo la exigencia del señor Trump de construir un «gran, gran muro» a lo largo de su frontera con México, Europa ya se ha incorporado al negocio de la construcción de muros. El pánico de la Unión Europea (UE) en relación con la «crisis migratoria» está dando lugar al incremento de nuevas barreras físicas y de puestos de control en Europa con el fin de bloquear el paso de los refugiados potenciales.

Una vez más, existen algunas tristes ironías históricas. Las primeras brechas en la Cortina de Hierro durante el verano de 1989 se produjeron cuando el gobierno húngaro retiró el cercado eléctrico que separaba a su país de Austria, una decisión que desencadenó una serie de acontecimientos que culminó con la caída del Muro de Berlín unos meses más tarde. Un cuarto de siglo después, Hungría ha sido un pionero, una vez más, pero esta vez en la dirección opuesta. Cuando Viktor Orban, primer ministro de Hungría, el verano pasado construyó un cercado de alambre cortante a lo largo de la frontera de su país para disuadir a los posibles refugiados se le condenó categóricamente. Solamente unos meses más tarde, una cerca al estilo de la del señor Orban acaba de ser construida a lo largo de la frontera entre Grecia y Macedonia y, a la vez, los controles fronterizos se están reforzando en toda Europa.

La trayectoria desde la posición del señor Reagan a la del señor Trump de derribar muros a erigirlos dice mucho sobre la trayectoria del Occidente de la confianza al temor a lo largo de los últimos 30 años. Existen numerosas razones para la existencia de esta nueva exigencia de barreras entre Occidente y el resto del mundo. La causa más evidente y directa es el miedo a la inmigración masiva proveniente de lo que solía llamarse el «tercer mundo». Pero, más allá de eso, existe un escepticismo generalizado en cuanto a la capacidad del Occidente de relacionarse exitosamente con el mundo exterior.

Incluso antes de la crisis migratoria, los partidos antiinmigración estaban aumentando en toda Europa. Es casi seguro que adquirirán fuerza en medio del presente pánico. La extrema derecha europea ya está aclamando el ascenso del señor Trump en el otro lado del Atlántico. En Europa y en EE.UU. la preocupación en relación con la inmigración proveniente del mundo musulmán y con el terrorismo se han combinado, y la campaña del señor Trump las ha llevado al extremo con una ofensiva exigencia: La prohibición temporal del acceso de todos los musulmanes que entran en EE.UU.

Más allá de los temores acerca de la migración masiva, sin embargo, también existe un desmoronamiento de algunas de las ideas que han sustentado el compromiso occidental con el mundo exterior desde el fin de la guerra fría. El primer principio es la promoción de una economía «globalizada» a través de la eliminación de las barreras del comercio y de la inversión. El segundo es una disposición de considerar la intervención militar extranjera en los puntos conflictivos del mundo.

Estas dos ideas la globalización y el intervencionismo liberal estaban indirectamente vinculadas. Se ha dicho que la mejor solución para la pobreza y la inestabilidad en el mundo no Occidental es el crecimiento económico a través de un aumento del comercio y de la inversión. Sin embargo, a raíz de la caída del Muro de Berlín, las potencias occidentales también se volvieron más dispuestas a contemplar una intervención militar para «estabilizar» estados fallidos y regiones problemáticas que habían resultado ser inmunes a la magia de la globalización, desde los Balcanes hasta África y Afganistán.

Después de 25 años de experimentos en políticas llevados a cabo por los gobiernos, sin embargo, los votantes occidentales parecen cada vez más escépticos acerca de la globalización y del intervencionismo liberal. Tras las guerras de Irak y de Afganistán, casi no existe deseo alguno de tener más intervenciones militares occidentales a gran escala en el Medio Oriente.

Los nuevos acuerdos comerciales también están pasando de moda. Cuatro años después de la caída del Muro de Berlín, el presidente Bill Clinton firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) con México y Canadá. Actualmente el señor Trump propone no sólo construir un muro a lo largo de la frontera mexicana, sino también imponer severos aranceles a los fabricantes estadounidenses con sede en México. Incluso Hillary Clinton, la favorita demócrata, está creando su propio bullicio proteccionista durante la campaña electoral. Y aunque los líderes políticos en la UE aseguran estar a favor de la negociación de un nuevo acuerdo comercial con EE.UU., la izquierda europea ya está movilizando la opinión pública en contra de la idea. Incluso el preciado mercado interno de Europa puede ahora verse amenazado por la reintroducción de los controles fronterizos dentro de la zona sin fronteras Schengen de la UE.

Visto desde la comodidad de Europa o de EE.UU., los problemas del Gran Medio Oriente, de África o de Centroamérica se ven cada vez más aterradores e insolubles. Si ni el comercio ni la intervención militar pueden tener éxito en la creación de prosperidad y de orden, entonces aumenta la tentación de crear barreras físicas para mantener el resto del mundo a raya.

Los políticos convencionales, tanto en la UE como en EE.UU., continuarán argumentando que construir barreras no representa la solución a los problemas del mundo ni del Occidente. Pero ellos corren el riesgo de darse cuenta demasiado tarde de que sus votantes han dejado de escucharlos.

Gideon Rachman
Financial Times

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