El nuevo año trae viejos problemas para México

Un peso débil, la desaceleración de la economía, el aumento de la inflación y un gobierno impopular son una mezcla peligrosa

Aunque muchos mercados emergentes han enfrentado presiones durante el inicio de 2017 (sólo hay que ver a Turquía), México está teniendo su peor comienzo de año por lo menos desde la crisis financiera de 2009.

La causa principal, una vez más, es la presión sobre el peso impulsada por los impredecibles pronunciamientos de Donald Trump, presidente electo de Estados Unidos (EE.UU.). Sin embargo, el reciente aumento de los precios internos de los combustibles mal planeado a pesar de ser necesario ha aumentado la inflación interna y generado descontento popular. Habiendo transcurrido sólo una semana del nuevo año, el gobierno y el banco central están nuevamente extinguiendo fuegos.

El peso cayó a un nuevo récord mínimo de 21,6 pesos por dólar estadounidense tras los ataques del señor Trump contra General Motors y Toyota por fabricar automóviles en México y luego importarlos a EE.UU., junto con la decisión de Ford de cancelar una inversión de $1.600 millones en una nueva planta de producción en San Luis Potosí.

Eso obligó a Banxico, el banco central, a intervenir en los mercados de divisas, vendiendo $4.500 millones antes de que la moneda se estabilizara, que a pesar de ello ha caído 4% a la fecha este año.

La intervención representó el 2,5% de las reservas extranjeras totales de México equivalentes a $176.000 millones (a diciembre de 2016) y, obviamente, Banxico no podrá mantener la intervención a ese ritmo.

Esto significa que el banco central volverá a elevar las tasas de interés, habiéndolas elevado cinco veces al 5,75% en 2016. Medley Global Advisors, un servicio de investigación macro del Financial Times, elevó su propia previsión para el aumento de tasas este año a 100-200 puntos base.

La otra razón por la que Banxico tendrá que apretarse es el aumento de la inflación. La última encuesta de mercado del banco en diciembre señaló un crecimiento de los precios del 4,13% para este año; pero tras el aumento de los precios del combustible doméstico 14% para la gasolina y 16% para el diésel las expectativas de inflación se están acercando al 5%.

Dado que la próxima reunión del banco está prevista para el 9 de febrero, Medley advierte que una intervención monetaria adicional o incluso un aumento de 50 puntos base de las tasas antes de la siguiente reunión es totalmente plausible; la inauguración del señor Trump el 20 de enero es un punto desencadenante obvio.

Las tasas más altas, sin embargo, sólo apresurarán la desaceleración económica que está en marcha. Banxico ha pronosticado un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) para 2017 de sólo 1,7%, en comparación con el 2,5% que el gobierno había asumido en su presupuesto. Incluso la cifra más alta, por supuesto, está muy lejos del tipo de crecimiento que las reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto deberían haber impulsado.

En cambio, su administración ha impulsado protestas populares generalizadas en contra de los aumentos de sus tarifas de combustible que han ocasionado la interrupción del transporte, saqueos y 400 detenciones. El gobierno necesitaba hacer algo, ya que el rebote de los precios del petróleo y la depreciación del peso estaban aumentando el costo de sus subsidios a los combustibles y socavando así sus esfuerzos de consolidación fiscal.

A pesar de todos los recortes presupuestarios y aumentos de impuestos de los últimos tres años, la deuda pública de México aumentó a 48,5% del PIB el año pasado, 2,5 puntos porcentuales más de lo estimado, debido en gran parte a la depreciación de la moneda.

No obstante, la decisión de acelerar el aumento de los precios del combustible a niveles internacionales, aunque económicamente justificable, fue políticamente torpe. Está jugando a manos del izquierdista Andrés Manuel López Obrador, quien lidera las encuestas de opinión para la elección presidencial del próximo año, y su partido Morena.

Dado que la caída del peso beneficiará a las arcas fiscales este año, tanto a través de mayores ingresos por las exportaciones de petróleo como por el aumento del excedente de las reservas de divisas de Banxico, tal vez el gobierno podría haber ajustado los precios del combustible gradualmente, como estaba programado inicialmente.

Tal vez más astutamente, el señor Peña Nieto ha nombrado a Luis Videgaray a quien despidió como ministro de economía el otoño pasado como ministro de Relaciones Exteriores. Los aparentes vínculos y amistad entre el señor Videgaray y el señor Trump y, más concretamente, la hija y el yerno del presidente electo, pueden ayudar a México en cualquier renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) con la nueva Casa Blanca.

Dicho esto, el país está experimentando una fuerte caída en la inversión extranjera directa, que se redujo en un cuarto a cerca de $20.000 millones en los primeros nueve meses de 2016, siendo los fabricantes estadounidenses los principales, pero no los únicos, culpables.

México no está desamparado. Su banco central goza de alta credibilidad (aunque el respetado gobernador Agustín Carstens dejará el cargo en julio); un mayor precio del petróleo ayudará a las finanzas del gobierno; y las reformas estructurales, especialmente en el sector energético y de las telecomunicaciones, impulsarán el crecimiento a largo plazo. Faltan todavía 18 meses para las elecciones presidenciales, por lo que el señor Peña Nieto podría todavía recuperar su popularidad. Pero con un gobierno impopular, una economía en desaceleración, un alza en las tasas y una moneda débil y volátil, las perspectivas para los activos mexicanos en 2017 siguen siendo malas.

Dan Bogler
Financial Times

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