Es necesario proteger nuestros datos personales de las grandes compañías tecnológicas

Es necesario proteger nuestros datos personales de las grandes compañías tecnológicas

Claramente, los datos mueven nuestra economía. Es por eso que el negocio de recopilarlos, analizarlos y compartimentarlos ya no sólo se encuentra en las áreas de las búsquedas, el comercio electrónico y las redes sociales, sino que está surgiendo en todas las demás áreas de la economía: La atención sanitaria, las finanzas, los seguros, la educación y otros ámbitos.

Una investigación del Financial Times la semana pasada reveló que numerosos sitios Web de atención sanitaria, incluyendo WebMD y Healthline, han estado compartiendo datos confidenciales de los usuarios con grandes plataformas tecnológicas, como Google, Amazon, Facebook y Oracle y varias compañías más pequeñas. En Estados Unidos (EU), hubo revelaciones de la incursión de Google en la recopilación y el análisis de datos de atención sanitaria: el Project Nightingale (Proyecto ruiseñor), realizado con el segundo grupo de hospitales más grande de EU.

Google acumuló historias clínicas personales de decenas de millones de pacientes, sin notificarles ni a ellos ni a sus médicos.

Google también ha anunciado planes para incursionar en otra industria —el negocio de servicios financieros— en asociación con Citigroup para ofrecer cuentas corrientes. El banco mantendrá su marca en el producto, pero Google extraerá los datos. No es difícil saber quién le sacará más provecho a ese acuerdo.

La minería de datos y su monetización han sido durante mucho tiempo el modelo de negocio central para las compañías tecnológicas de plataforma; es la razón por la cual, según el McKinsey Global Institute, aproximadamente el 80% de la riqueza corporativa mundial ahora la posee sólo el 10% de las compañías, muchas de ellas en Silicon Valley. Pero el capitalismo de vigilancia es cada vez más el modelo de negocio para cada empresa, en cada industria.

A Google le interesa ingresar a los sectores de la atención sanitaria y las finanzas en parte porque sus competidores ya están allí. Pero las grandes compañías tecnológicas también tienen una ventaja en esos sectores en relación con los participantes más antiguos. Las compañías tecnológicas no están necesariamente sujetas a las regulaciones de la Ley de Portabilidad y Responsabilidad de Seguros Médicos (HIPAA, por sus siglas en inglés), que establecen estándares de privacidad para las empresas de atención sanitaria y compañías de seguros tradicionales, ni a las sanciones que se derivan de incumplirlas.

¿Es de extrañar, entonces, que los proveedores tradicionales de atención sanitaria estén intentando encontrar formas de explotar las lagunas legales de la HIPAA? Optum, una compañía de datos propiedad de UnitedHealth Group, ha presentado una solicitud de patente para software de raspado de datos (o sea, la extracción de datos de sitios Web para transportarlos a un formato más sencillo y maleable con el fin de analizarlos con mayor facilidad) que extraería información de atención sanitaria de Facebook y Twitter.

Otros han intentado eludir las reglas “anonimizando” los datos, pero algunas investigaciones muestran que los algoritmos pueden decodificar dichos datos y volver a asociarlos con los individuos.

La conclusión es que el sistema regulatorio actual no tiene ningún sentido en la era del capitalismo de vigilancia. Las empresas tradicionales tienen que cumplir con regulaciones que las nuevas no tienen que cumplir. Hay espacio para ‘arbitraje regulatorio’, no sólo en el sector de la atención sanitaria sino también en el de las finanzas, donde las empresas de tecnología financiera no están sujetas a las mismas regulaciones que los bancos.

¿Deberíamos permitir que compañías de cualquier tipo recopilen y moneticen datos en áreas sensibles como la salud, información financiera, empleo, etc.? Dado el poder monopolístico, las violaciones de privacidad y las amenazas a nuestro sistema político que han resultado de la recopilación masiva de datos, es una pregunta que vale la pena plantearse.

Pero si continuamos permitiéndolo, necesitamos igualdad de condiciones. ¿Cómo puede haber innovación si ninguna empresa “startup” tiene la más mínima posibilidad de competir con una de las grandes compañías tecnológicas, o con una gran compañía de atención sanitaria, o con un corredor de datos, que ya ha captado la mayor parte de la información de los usuarios en un área determinada y la ha convertido en información propietaria?

Hay una forma elegante de abordar el problema: Un banco de datos público, que estaría regulado por gobiernos elegidos democráticamente. Deben decidir quién tiene acceso a los datos digitales de los ciudadanos y con qué propósito se pueden recopilar.

Las personas también deberían poder ver qué hacen las compañías con sus datos y transferirlos cuándo y cómo quieran. Todas las leyes importantes de derechos civiles y equidad deberían aplicarse automáticamente a dicha información.

Compañías de cualquier tamaño del sector privado debidamente reguladas tendrían acceso a ese caché de datos públicos. Ése es un enfoque que se está considerando en partes de Europa y en Canadá, donde el gobierno de Toronto ha decidido que los datos recopilados por Google para Sidewalk, su “ciudad inteligente”, deberían estar en un banco público.

Uno puede imaginar que una base de datos pública tenga un gran valor (como ya lo tiene en China, aunque sin el debate apropiado sobre su uso). Conforme las sociedades empiezan a adoptar el uso de una identidad digital y probablemente una moneda digital (con suerte regulada por gobiernos democráticos, no por Facebook o por el partido comunista chino), la supervisión pública y la transparencia podrían generar enormes ganancias de productividad, innovaciones y más confianza de los usuarios. Los ciudadanos podrían votar sobre cómo se aprovechan sus datos: podrían permitir su uso en la investigación sanitaria, por ejemplo, pero rechazarlo en áreas que se enfocan exclusivamente en el consumidor.

El punto es que en este momento tenemos un sistema que no sólo está en riesgo de sufrir sesgo y fraude, sino que también es totalmente injusto como mercado.

Ésa no es una situación sostenible ni para las empresas ni para la democracia liberal.

No es de extrañar que la canciller alemana, Angela Merkel, haya hecho un llamado para que Europa cree su propio ecosistema digital. Tiene razón en que es hora de que empecemos a defender nuestra soberanía digital, no sólo por razones políticas, sino también por razones económicas.

Rana Foroohar
Financial Times

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