Esta crisis es diferente a la de 2008

Esta crisis es diferente a la de 2008

Francesco Guerrera 

Dow Jones

 

Es un paralelismo que está seduciendo a banqueros e inversionistas de Wall Street: 2011 es una repetición de 2008, la historia de la agitación financiera repitiéndose en un círculo interminable.

Como murmuró sombríamente el gestor de un gran fondo este fin de semana mientras iba a su oficina para prepararse para un lunes tumultuoso: La sensación de deja vu casi hace que uno se sienta enfermo.

Aquellos que piensan en 2011 como 2008, la continuación ahora tienen su propio momento Lehman. Simplemente sustituya la histórica rebaja de la calificación de deuda estadounidense por parte de Standard & Poors el 5 de agosto por el colapso del banco de inversiones en septiembre de 2008, y, voilá, obtiene una copia al carbón de un hecho que hizo que sucediera lo impensable y que asustó a los mercados en todo el mundo. 

En la segunda parte tienen razón. Los inversionistas se veían decididamente asustados el lunes pasado cuando cayeron las bolsas asiáticas y europeas y el Dow Jones se desplomó 643,76 puntos, o más de 5%.

Pero la turbulencia del mercado por sí sola no es suficiente para probar que la historia se repite a sí misma.

Tomando prestada una frase que suele ser utilizada para explicar las burbujas de inversión, esta vez es diferente, y los banqueros, inversionistas y ejecutivos de las empresas que miran los problemas de hoy a través del prisma de 2008 se arriesgan a evaluar incorrectamente los asuntos que enfrenta la economía global.

Hay tres diferencias fundamentales entre la crisis financiera de hace tres años y los acontecimientos de hoy.

Comenzando por lo más obvio: las dos crisis tuvieron orígenes completamente distintos.

La primera comenzó abajo y fue subiendo. Comenzó entre los compradores de casas excesivamente optimistas, subió por la máquina de titularización de Wall Street, con algo más que una pequeña ayuda de las empresas de calificación de riesgo, y terminó infectando la economía global. Fue el quiebre del sector financiero lo que causó la recesión.

La situación actual, en cambio, es un asunto que va desde arriba hacia abajo. Gobiernos de todo el mundo, incapaces de estimular sus economías y poner sus casas en orden, han perdido gradualmente la confianza de las empresas y las comunidades financieras.

Eso, a su vez, ha causado una fuerte reducción en el gasto y la inversión del sector privado, lo que provoca un círculo vicioso que lleva a un desempleo alto y un crecimiento débil. Los mercados y los bancos, en este caso, son víctimas, no culpables.

La segunda diferencia es quizás la más importante: las compañías financieras y los hogares vivieron una fiesta con el crédito barato antes de la crisis de 2007-2008.

Cuando la burbuja reventó, la dieta de choque de desendeudamiento causó un enorme shock recesivo.

Esta vez, el problema es el opuesto. El estancamiento económico está llevando a empresas e individuos a guardar su dinero y no endeudarse, lo que resulta en un consumo y un crecimiento de la inversión anémicos.

La diferencia final es una consecuencia directa de las primeras dos. Dado su origen, la catástrofe financiera de 2008 tenía una solución simple, aunque dolorosa: los gobiernos debían intervenir para proveer una gran cantidad de liquidez a través de tasas de interés bajas, rescates a bancos e inyecciones de dinero en la economía.

Un funcionario de la Reserva Federal en su momento lo llamó shock y asombro. Y otro lo resumió así: Vamos a respaldar todo.

Esta política no resultó barata y los gobiernos de todo el mundo volcaron alrededor de $1 billón (millones de millones) al sistema. Tampoco fue justa para los contribuyentes que tuvieron que hacerse cargo de la factura por los pecados de otras personas. Pero al final tuvo éxito en evitar una depresión global.

Hoy, una respuesta así no está en el menú. Los problemas actuales no son causados por una falta de liquidez -las empresas estadounidenses, por ejemplo, tienen acumulados montones de efectivo- o por demasiado apalancamiento. Tanto los balances de las empresas como los de los individuos ya no están inflados de deudas.

El problema real es una falta de confianza crónica de los actores financieros en sus pares y en la capacidad de sus gobiernos para impulsar el crecimiento económico.

Si necesita una prueba, simplemente observe los problemas en las cañerías del sistema financiero -desde el mercado de acuerdos de recompra a los préstamos entre bancos- o pregúntele a Standard & Poors o a los compradores de bonos italianos y españoles, cuánta confianza tienen en que los políticos solucionarán este lío.

La naturaleza peculiar de esta crisis implica que recurrir a las armas utilizadas en la anterior simplemente no dará resultado.

Considere el actual clamor en Wall Street para que las autoridades monetarias intervengan, ya sea en la forma de mayores inyecciones de liquidez (o alivio cuantitativo 3) por parte de la Reserva Federal o del Banco Central Europeo.

Incluso si los bancos centrales se inclinaran a hacerlo, bombear más dinero a una economía ya repleta de efectivo no aliviará mucho. En estos días, las grandes empresas están yendo a los bancos, depositando su exceso de fondos en cuentas seguras pero ociosas, como queda demostrado por la decisión sin precedentes del Bank of New York de cobrar a las empresas que dejen su dinero en sus bóvedas.

En cuanto a los inversionistas inquietos, no es probable que unos pocos miles de millones de dólares más que emita el Tío Sam o su primo de Frankfurt sean suficientes para persuadirlos de volver al mercado.

En 2011, el mundo financiero no puede ir con la gorra en la mano a las capitales políticas, esperando que les den algo. Para salir del actual impasse, los mercados deberán depender de su fortaleza interna o esperar que los políticos tomen medidas radicales para impulsar el crecimiento económico.

Una solución impulsada por el mercado no es imposible. En algún momento, los precios de los activos serán tan baratos que volverán a despertar los instintos animales tanto de inversionistas como de empresas.

Como Warren Buffett una vez les escribió a sus accionistas: Usualmente hemos realizado nuestras mejores compras cuando la percepción de algún acontecimiento macroeconómico estaba en su nivel máximo.

La alternativa es esperar que los políticos en EE.UU. y Europa aprueben las reformas fiscales y laborales necesarias para volver a despertar la demanda y el crecimiento de la inversión. Pero eso va a llevar tiempo.

Como ocurre frecuentemente, el pasado se ve mucho más simple que el presente. Pero la realidad es que, a diferencia de 2008, el dinero de los gobiernos no sirve de nada en el ambiente estresado de hoy.

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