La capital del no se puede

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Un informe publicado el domingo en este diario dio cuenta de un conjunto de ilegalidades cotidianas que hoy padece Bogotá y que tienen en común su persistencia en el tiempo y la imposibilidad de ponerles coto, no obstante la existencia de normas que las sancionan. Pero no se puede y los problemas se vuelven paisaje.

Más que recursos o leyes, pareciera que en este caso faltan liderazgo y dolientes en las entidades públicas para estas causas, que alimentan la percepción de una ciudad en la que sobran las buenas intenciones y las grandes apuestas a largo plazo, pero falta quien se ocupe de los asuntos más cotidianos: el robo de tapas de alcantarillas, las llantas en la calle, los carteles en los muros, los buses chimenea, el viejo Bronx… ¡No se puede!

Muchos de ellos son problemas cuya resolución solo exige voluntad y cuyo impacto sería enorme en terrenos tan cruciales como la movilidad y la seguridad. Todo esto conlleva ese descorazonador mensaje de resignación que a veces se recibe desde el distrito.

En algunos casos puede ser cierto que las normas son difíciles de aplicar dadas las nuevas realidades. Ante esto, más que tirar la toalla como es la actitud que la gente por momentos percibe, lo que corresponde desde las instituciones es identificar vacíos y promover, si es necesario, cambios institucionales y la aprobación en el Concejo o en el Congreso de nuevas herramientas. Tal inacción termina por contagiar a la ciudadanía, que cada vez parece más sometida y carente de iniciativas para, por lo menos, obligar a quienes fueron elegidos por voto popular a rendir cuentas.

De esta forma, poco a poco se socava la noción de lo público, lo que da pie a la cultura del atajo, a que se termine premiando al vivo que vive del bobo. Así mismo, la reiteración de la escena de unas instituciones o incapaces o impotentes ante los abusos de unos pocos abre las puertas para su deslegitimación y el subsiguiente imperio de la ley del más fuerte. El mensaje cuando alguien se apropia de un poste (para poner un aviso) o de un pedazo de andén (para vender mercancía de contrabando y no es sancionado) es que lo público está a la mano del que quiera arrebatarlo, incluido el erario. 

Editorial del diario El Tiempo de Bogotá, Colombia, del viernes 13 de marzo de 2014

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