La tercera ola: ¿Estamos preparados?

La tercera ola: ¿Estamos preparados?

Hace un año, en la Semana Santa del 2020, la región y el mundo se encontraban con las mayores restricciones a la movilidad que se han visto desde que comenzó la pandemia de coronavirus (COVID-19). Cada país con sus diferentes posibilidades y contextos locales aplicaron la estrategia de “quedarse en casa” y limitar la movilidad de las personas con el fin de disminuir la transmisibilidad del virus y poder contener el crecimiento exponencial de la pandemia con el fin de evitar la saturación de los sistemas de salud.

Viendo los datos de movilidad de Facebook y su iniciativa “Data for Good” que mide la movilidad de las personas de forma diaria para 192 países del mundo; se puede observar que, en el 2020, Panamá, Ecuador, y El Salvador fueron los tres países que más disminuyeron su movilidad, con una caída superior al 60% de movilidad respecto a los niveles pre pandemia.

Mientras que en ese mismo periodo, Nicaragua, México y Brasil fueron los países de la región que menos disminuyeron su movilidad con una caída del 35%.  

Desde entonces, la movilidad ha aumentado pues no podemos estar encerrados de forma indefinida; se ha pasado una primera y segunda ola de contagios, y se ha iniciado con el despliegue de las campañas de vacunación, aunque estas campañas avanzan a ritmos desiguales entre países, y salvo por unas pocas excepciones el resto de los países seguirá dedicando el 2021 y el 2022 a vacunar a sus poblaciones.

Pero mientras los temas de la discusión son la vacunación, la reactivación económica, y el regreso a la normalidad; el virus ha seguido presente, cambiando, y adaptándose, creando nuevas complejidades y riesgos para la salud y bienestar de las personas. Y es que este tipo de virus tienen tendencia a mutar y crear variantes, algunas que no representan mayor peligro; pero otras, como la variante británica, sudafricana y brasileña mutan para cambiar las reglas del juego de la pandemia. Estas nuevas variantes han sido identificadas como más contagiosas, con mayor afectación a las poblaciones más jóvenes y con indicios de que pueden ser más mortales.

Con este contexto llegamos a una Semana Santa del 2021 con un incremento en movilidad generalizado, donde Paraguay, Uruguay y Chile son los países con menor movilidad, cercana a una reducción del 25%; mientras que los tres países con mayor movilidad son Honduras, Colombia y Nicaragua con niveles de movilidad hasta 0.5% superiores a los niveles previos a la pandemia en el 2020. Pero también con tendencias crecientes de casos como en Brasil donde colapsó el sistema de salud;  en países donde las dos primeras olas no habían tenido mucho impacto como en Uruguay y Paraguay están ahora teniendo su mayor número de contagios; en países donde la vacunación ha sido un éxito como Chile, los contagios semanales alcanzaron un máximo; e incluso en países que habían tenido grandes afectaciones en la primera ola como Perú y Ecuador, ahora también están reportando nuevos máximos de contagios y muertes semanales.

En América Central y México, las curvas de casos nuevos semanales todavía no presentan el comportamiento de los países del sur del continente, aunque ya se tienen tendencias crecientes en Costa Rica, Guatemala y Honduras.

En este contexto, es de esperar que, con el aumento en la movilidad de Semana Santa, la relajación de las medidas y protocolos propios del cansancio producido por la pandemia, y la temporada de lluvias que se acerca, los países de esta parte del continente empiecen a presentar tendencias similares impulsadas por las nuevas variantes del virus.

Ante este panorama, y siguiendo las recientes reacciones europeas de volver a los cierres y confinamientos, algunos países de la región han vuelto a poner restricciones de movilidad, límites de aforos en espacios públicos, y cierres de actividades de alto riesgo; pero ya sabemos que estas medidas son temporales y muy costosas en lo social y económico.

Mientras que, en los países de América Central, donde la tercera ola todavía no llega, pero al parecer es inminente, es importante hacer estas preguntas, ¿cómo nos estamos preparando para enfrentarla? ¿qué aprendizajes se tuvieron de la primera y segunda ola? ¿qué aspectos hay que reforzar ante un virus renovado y más peligroso, pero una población cansada? Y las respuestas no sólo hay que esperarlas de los gobiernos, pues el éxito en la gestión de esta crisis depende de las acciones y seguimiento de los protocolos que hagan los diferentes miembros de la sociedad, como empresas, iglesias, universidades, organizaciones no gubernamentales, familias e individuos. Finalmente, ante lo que se puede venir, ¿estamos preparados?

Jaime García
Director de proyectos e investigador
Índice de Progreso Social de CLACDS/INCAE

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