Las consecuencias económicas de la crisis griega

segunda nota 1

Desde que el gobierno griego suspendiera las negociaciones sobre la extensión del rescate vigente hasta el pasado 30 de junio y convocara el referéndum, estamos viviendo días frenéticos. Los últimos acontecimientos nos dejan ante un escenario con resultados difíciles de predecir.

Tras las elecciones de enero, Syriza no ha sido capaz de ganarse la confianza de sus socios europeos y de articular una propuesta sólida de reformas que favorezcan el crecimiento y modernicen su economía. Y ello en una situación en la que el déficit público a finales de 2014 fue el menor desde que Grecia accedió a la eurozona. Una situación que abría la posibilidad de que la consolidación fiscal dependiese a corto plazo del crecimiento de los ingresos públicos y, a largo, de una reforma del sistema de pensiones que garantizase su sostenibilidad. Tras desaprovechar esa oportunidad, los acontecimientos se han precipitado en los últimos días, con decisiones que no ha hecho más que aumentar la incertidumbre.

El gobierno griego ha entrado en una fase de gestión desordenada de la crisis, en la que los controles de capital y el impago de la deuda al Fondo Monetario Internacional (FMI) son solo algunas de sus consecuencias. Además de minar la confianza de sus socios europeos y crear serios problemas de reputación, ha perjudicado su posición negociadora, ha polarizado a su sociedad, y ha generado una incertidumbre extraordinariamente elevada. Todo ello ha llevado a su economía al borde del abismo, con un enorme coste para los ciudadanos griegos, sobre todo para los más débiles.

Una vez expirado el segundo rescate, el coste en términos de la reputación perdida es tan elevado, que las negociaciones para uno nuevo se presentan muy complicadas. Sea cual sea el resultado del referéndum, dada la experiencia reciente, no puede descartarse que las negociaciones vuelvan a estancarse. Grecia quedaría sumida en un limbo en el que, sin acceso a los mercados de capitales y sin la financiación de sus socios a través de un tercer rescate, seguiría en la eurozona pero sin la liquidez del Banco Central Europeo (BCE), mientras su economía continuaría desangrándose. Aunque a día de hoy parece el escenario menos probable, tampoco puede descartase que en esas condiciones la opinión de la sociedad griega cambie por completo y termine optando en el futuro por su salida del euro. Las consecuencias de ese escenario serían nefastas para Grecia y darían lugar a la implosión de su economía.

Para Europa los costes de los escenarios más adversos dependerán de la contundencia de las instituciones europeas y los gobiernos nacionales para evitar el aumento de las tensiones financieras, la pérdida de confianza en la recuperación, y el daño en la reputación de la eurozona, al no haber sabido gestionar la pertenencia de uno de sus miembros y crear el precedente de que la unión monetaria no es inalterable.

Cuán lejos se vaya en el compromiso hacia una unión económica y monetaria más integrada y genuina resultará crucial para minimizar esos costes.

Tras las políticas adoptadas en los últimos años, la eurozona está mucho mejor preparada que en 2012 para gestionar esta crisis. Aunque no hay que minusvalorar los riesgos, los avances en las reformas, ajustes y corrección de desequilibrios realizados en España permiten prever que el contagio y sus efectos sobre la recuperación de su economía serán mucho más limitados de lo que lo hubieran sido hace tres años.

Por ello, la mejor manera de minimizar riesgos futuros de contagio y, sobre todo, de corregir los desequilibrios y debilidades aún pendientes es avanzar con las reformas.

Rafael Doménech Vilariño
Economista Jefe Economías Desarrolladas 
BBVA Research Madrid

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