Lavado de dinero está envenenando la democracia estadounidense

Lavado de dinero está envenenando la democracia estadounidense
En el proceso, están dejando manchas en la democracia estadounidense que no saldrán fácilmente al lavarlas.| Cortesía

Después de ganar la Guerra Fría, Estados Unidos (EE.UU.) intentó exportar el Estado de derecho a otros países. Ese flujo se ha invertido: En la actualidad, EE.UU. está importando algunas de las peores corrupciones del exterior. Los bufetes de abogados, las compañías de bienes raíces y los grupos de presión más grandes de EE.UU. prosperan con el dinero sucio.

En el proceso, están dejando manchas en la democracia estadounidense que no saldrán fácilmente al lavarlas.

Donald Trump es la imagen pública de un problema que llega hasta el corazón del sistema estadounidense. El problema abarca a demócratas y a republicanos, a Nueva York y a Washington, al sector público y al privado. Es una maldición que no osa pronunciar su nombre en las elecciones de 2020.

Es fácil adivinar por qué Joe Biden, el candidato demócrata favorito para la presidencia, trata el tema con delicadeza. Biden ayudó a convertir a Delaware, el estado del cual fue senador, en el domicilio más popular para las empresas de propiedad anónima. Sin ellas, la Organización Trump habría tenido muchos menos inversionistas que compraran sus condominios. En una de las torres del señor Tump en Florida, más del 80% de sus unidades son propiedad de empresas fantasmas. EE.UU. tiene 10 veces más empresas fantasmas que las siguientes 41 jurisdicciones combinadas, según el Banco Mundial.

Sin duda, a diferencia de las supuestas transgresiones de Tump, las de Biden son legales. Pero es la “corrupción legal” que se ha infiltrado en todos los rincones de la política estadounidense y hasta en la sociedad. Biden ha hecho tanto como cualquier figura pública estadounidense para incluir tales prácticas en los libros de estatutos.

Más sorprendente es el relativo silencio de la candidata presidencial Elizabeth Warren en cuanto a los vínculos entre la política estadounidense y la corrupción global. Al principio de su campaña para la nominación demócrata, ella dio a conocer numerosos planes. Éstos incluyeron planes de acción para abordar el cabildeo extranjero y la malversación corporativa.

Desde entonces, la senadora estadounidense de Massachusetts se ha visto envuelta en una batalla para justificar su programa de Medicare para Todos por un valor de $20 billones. El hecho de que ella todavía está amenazando morir en una cruz de Medicare para Todos lleva a cuestionar sus habilidades políticas.

Lo que planteo a continuación es lo que argumentaría una mejor campaña de Warren o, de hecho, de cualquiera que aspire a ocupar la Casa Blanca y que se tome en serio el revivir la democracia estadounidense y la lucha contra el autoritarismo global.

EE.UU. es el mayor refugio de dinero sucio del mundo. Su flujo de dinero ilícito empequeñece al de cualquier otro territorio, a menos que se trate al Reino Unido y sus paraísos fiscales extraterritoriales como un solo país. El Tesoro de EE.UU. estima que $300,000 millones se lavan anualmente en el país. Esta cantidad probablemente representa una fracción del verdadero número.

Y, lo que es peor aún, es que el gobierno estadounidense no tiene idea de quién controla las compañías que canalizan el dinero porque EE.UU. carece de un registro central corporativo.

En EE.UU. no existe una ley que exija la divulgación del “usufructo”. Los bancos estadounidenses deben reportar las actividades sospechosas. Pero los bufetes de abogados, las compañías de bienes raíces, los vendedores de arte, las empresas incorporadas y las instituciones financieras no bancarias están exentos.

Aquellos que tienen la esperanza de restringir el lavado de dinero están, por lo tanto, seriamente superados en poder y en recursos por los cabilderos que favorecen el “statu quo”.  Warren debería señalar que el sistema estadounidense le ofrece una ‘alfombra roja’ al dinero sucio. Además, los autócratas en Rusia, en China, en Arabia Saudita y en otros países no podrían prosperar sin la connivencia del conjunto de proveedores de servicios de EE.UU.

El votante estadounidense está harto de las “guerras eternas” en las que Trump y Warren están de acuerdo que deberían llegar a su fin. Cerrar las ‘armas de incorporación masiva’ en estados como Delaware y Nevada, y pedirles cuentas a sus ‘facilitadores’ en Nueva York y en Washington, definitivamente representaría una mejor política exterior estadounidense.

El poderío militar estadounidense no representa un peligro realista para personas como Vladimir Putin, el presidente de Rusia. Su reacción visceral a las revelaciones de los Papeles de Panamá en 2010 mostró cuán profundamente Putin teme el escrutinio financiero. Arrojar luz sobre los flujos de dinero sucio representaría un mayor riesgo para las autocracias que cinco nuevos portaaviones estadounidenses.

El peligro, si las encuestas sirven de guía, es que las elecciones del próximo año serán un concurso entre Trump y Biden. Cada uno acusará al otro de ser corrupto. En el caso de Trump, la evidencia parece abrumadora. Pero la familia de Biden ha hecho lo suficiente para monetizar su nombre y convertir esa distinción en una prueba de las habilidades investigativas del votante. El riesgo es que muchos verán poca diferencia entre los dos candidatos.

Solía haber una clara línea roja entre EE.UU. y las cleptocracias del mundo; pero actualmente están simbióticamente vinculadas. EE.UU. necesita un candidato que pueda señalar que los cleptócratas están ganando. Si no lo hace Warren, ¿quién lo hará?

Edward Luce
Financial Times

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