Los flujos migratorios plantean nuevos desafíos para Europa

03. Days before the sudden influx, monitors reported that people were arriving by bus and setting up makeshift camps on the Syrian side of the Peshkhabour border crossing. UNHCR / G.Gubaeva

La gran oleada de flujos migratorios que estamos viviendo tiene pocos precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, tanto en magnitud como en gravedad, y plantea grandes desafíos para el Viejo Continente. De acuerdo con estimaciones oficiales, el número de refugiados que habría entrado en la Unión Europea (UE) desde comienzos de año supera los 500.000.

Una cifra que casi duplica la registrada durante todo 2014 y que podría superar los 900.000 al acabar el año. El origen de estos movimientos migratorios es múltiple, pero el destino es común: Los países ricos de Europa occidental. Las principales rutas de entrada abarcan desde el norte de África a Oriente Medio y los países del centro de Asia.

En un principio, estos flujos migratorios procedían de conflictos congelados en el tiempo, como es el caso de los conflictos de Afganistán y Somalia. La caída de las barreras que hasta hace unos años suponían los regímenes totalitarios del norte de África para los emigrantes subsaharianos aceleró el éxodo de estos hacia Europa, pero ha sido el frente migratorio oriental el verdadero desencadenante de la tragedia. La guerra civil en Siria, el conflicto de Yemen y el avance del Estado Islámico (EI) en la zona han generado graves consecuencias humanitarias que han obligado a familias enteras a huir a Europa en busca de una vida mejor. En menor medida, los conflictos latentes de Ucrania, el Cáucaso y los Balcanes han contribuido a agravar aún más la situación.

La primavera árabe como detonante

La crisis de refugiados que estamos viviendo es algo más que una colección de desastres humanitarios individuales. Hay un elemento común en muchos de ellos que ha sido el principal detonante del drama, la Primavera Árabe. La oleada de protestas en contra del gobierno y a favor de la democracia que irrumpió en Oriente Medio y norte de África en 2011 ha incrementado sustancialmente la inestabilidad y el malestar social en la zona, desencadenando un éxodo migratorio sin precedentes en las últimas décadas.

Durante años, la UE ha logrado mantener sus fronteras libres evitando la llegada de refugiados en cantidades masivas, tras el acuerdo con el gobierno del dictador libio Muamar el Gadafi para evitar que los inmigrantes que viajaban en barcos desde Libia llegaran a las costas europeas. Gadafi ayudó a detener flujos masivos de inmigrantes a Europa, aunque con métodos cuestionables en la mayoría de los casos, y mantuvo el continente europeo tranquilo con sus fronteras libres de problemas.

Durante la Primavera Árabe, la población se reveló contra Gadafi. Libia se derrumbó en el caos y se abrió una nueva ruta a través del país que dio la oportunidad a miles de refugiados de toda África para utilizar las costas libias como plataforma de paso para el viaje a Europa a través del Mediterráneo.

Al mismo tiempo, la Primavera Árabe contribuyó a desencadenar la guerra civil de Siria, el conflicto en Yemen y, finalmente, el auge del EI en Siria, Irak y su posterior expansión a los países vecinos. A principios de 2012, las protestas en Siria ya se habían convertido en un conflicto armado que ha provocado el éxodo de cuatro millones de personas, casi una quinta parte de su población. Mientras tanto, el grupo extremista sunita conocido como Al Qaeda en Irak, que había sido prácticamente derrotado en 2007, aprovechó la fragilidad de la situación para reconstruirse bajo el nombre de Estado Islámico, ocupando gran parte de Siria e Irak y sembrando el terror en la zona.

El éxodo masivo de población generado por el conflicto sirio ha tenido como principal destino los campamentos de países vecinos como Turquía, Líbano y Jordania. Estos puntos han sido los principales receptores de inmigrantes sirios y sus centros habilitados para refugiados se han visto desbordados y con financiación insuficiente, empujando a muchos de ellos a buscar una vida mejor en Europa, utilizando la ruta marítima del Mediterráneo y poniendo en tela de juicio el sistema de ayuda humanitaria internacional. Por otro lado, aquellos emigrantes que provienen de Eritrea, Nigeria y Somalia están utilizando cada vez más las rutas magrebíes que se han abierto tras la Primavera Árabe, alcanzando primero el sur de Europa camino de los países ricos de Europa central y septentrional, como Alemania o Suecia, donde se han cuadriplicado las solicitudes de asilo este año.

Retos y oportunidades de la emigración

El desplome de los precios de las materias primas, la aún abierta brecha de inestabilidad del Magreb y la baja probabilidad de derrota del EI en el corto plazo apuntan a que la situación está aún muy lejos de solucionarse.

Aparte del incalculable coste humanitario, el fenómeno es tremendamente complejo y supone un gran desafío para Europa, con importantes consecuencias económicas, políticas y sociales.

En el corto plazo, la lenta recuperación económica en el Viejo Continente y los lastres que la crisis ha dejado en el mercado laboral de muchos países europeos suscita la competencia entre los trabajadores nativos y los recién llegados, pudiendo tensar la situación. No obstante, es cierto que en la mayoría de los casos, estos inmigrantes se dedican a realizar trabajos que los nativos no quieren, complementando así el gap laboral entre oferta y demanda. Además, su llegada contribuirá a aumentar la demanda interna de bienes y servicios, que a su vez favorecerá el crecimiento de las empresas en el medio plazo y, con ello, la contratación de nueva mano de obra. 

Tomasa Rodrigo
Economista en la Unidad de Análisis Transversal de Economías Emergentes
BBVA Research

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