¡Me voy para Berlín !

Ese fin de semana se respiraba Barza por todas partes

Octavio en Berlin

ver la final de la Champions! Eso fue lo que me dije a mi mismo, el día que tuve la convicción que la tripleta de ataque del Barcelona, constituida por Messi, Neymar Jr., y Suárez, era imparable; que Piqué ya había llenado el vacío dejado por el león Puyol, como defensa central del equipo, que Busquets, apoyado alternativamente por Xavi e Iniesta, asistían con fluidez y seguridad en la media cancha, y, lo más crítico, que Luis Enrique, el director técnico, había asumido, con autoridad, la soberanía del equipo.

Esa convicción la tenía a pesar de que, en ese momento, todavía no se habían jugado los cuartos de la Champions, la competencia futbolística más importante después del Mundial,  por lo que resultaba incierto (para muchos) adivinar quiénes llegarían hasta la final.

Claro, lo primero era conseguir el tiquete para el juego. La Uefa (Unión de Federaciones de Fútbol Europeas) tiene un sistema interesante de venta de boletos. Hay un número de boletos que solo ellos saben cuánto son,  y que denominan neutrales. Estos boletos solo se venden a quienes ganan la lotería que ellos celebran. El resto de los boletos se reparten entre los dos equipos que lleguen hasta la final, y  estos a sus abonados.

En otras palabras, uno participa respaldado anticipadamente con una tarjeta de crédito,  en una especie de rifa o lotería que solo te da derecho a comprar el boleto neutral. Es un sistema eficaz tomando en cuenta que la demanda de boletos para este juego, alrededor del mundo, es inmensa.

Un detalle, si garantizas la compra del boleto con una tarjeta  MasterCard, uno de los patrocinadores de esta liga, tienes tres posibilidades de ganar en el sorteo en vez de una.

Yo, que no tenía esa tarjeta salí corriendo al banco a conseguir mi MasterCard (y puse a mis hijos en esa misma corredera). Dos semanas después, infortunadamente, recibí un correo de la Uefa con la fatal noticia de que no habíamos salido ganadores en el sorteo.

¿Qué hacer? Logré definir cuatro caminos, a saber: A) Como corresponsal, por supuesto, de Capital Financiero.

B) Por medio de un operador turístico que me vendiera todo el paquete (boleto de juego, avión y hotel y los servicios colaterales).

C) El servicio de conciergerie de algún hotel en Berlín.

D) El servicio de conciergerie de la propia tarjeta MasterCard (al dorso de la tarjeta aparece el número telefónico).

La primera opción quedó descartada al exigir la Uefa un portafolio como periodista especializado en futbol. Obviamente, no lo tenía. En cuanto a la segunda, infortunadamente, no hubo ninguna agencia de viajes en Panamá que se aventurara a promover este paquete;  la tercera vía era muy incierta si uno no tenía la más remota idea de cómo es Berlín.

Opté por la cuarta, pero, con tan mala suerte, que el centro de llamadas de MasterCard me respondió que no me podía conseguir el boleto porque en Alemania estaban prohibidas las reventas de boletos (asumo los boletos de los abonados de los clubes).

¿Qué hacer? (de nuevo la pregunta). Puse, pues, ya como último recurso, un S.O.S. a algunas de mis amistades en Europa.  En efecto, a la semana siguiente, una amiga parisina, había logrado conseguir los boletos. Lo curioso es que los consiguió con el servicio de conciergerie de MasterCard, y teniendo ella y yo idénticas tarjetas. Por qué se los vendieron a ella y no a mí, mejor ni pregunto. Eso sí, el boleto costó 10 veces más que lo que costaría si hubiese tenido la oportunidad de comprarlo por el sorteo (cierto, los nuevos precios aparecían en la página de la Champions).

Berlín me resultó una ciudad fabulosa. Tiene una conjunción perfecta entre lo clásico y lo moderno, y salvo lo que aún queda del muro de Berlín, no se ven vestigios visibles de una ciudad que fue bombardeada y destruida por  las Fuerzas Aliadas en la Segunda Guerra Mundial. Tiene, además, una diversidad cultural, para mí, gratamente inesperada. No conozco lugar en el mundo donde existan  tantos restaurantes vietnamitas, por kilómetro cuadrado.

Me explicaba un taxista de Ghana que en los tiempos de la Guerra Fría los vietnamitas eran recibidos en el Este, dominada en aquel entonces por la  Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (Urss), pero, como en el fondo existían muchos prejuicios, aún entre los comunistas, les permitían cruzar el muro con facilidad, o sea, era una especie de ruta de escape hacia Occidente.

En cuanto a la oferta cultural, Berlín es una de las mejores del mundo, es de todos conocidos que la Filarmónica de Berlín está en la cima de esta lista. Por otro lado, la  ciudad es impresionantemente verde, con un enorme parque, el Tiergarten, en el mismísimo centro de la ciudad, y los ríos y canales la atraviesan, cruzados por sus hermosos puentes.

Como si todo lo anterior fuera poco,  el berlinés te seduce con su trato y su afán de atenderte. !Qué calidad de vida!

Ese fin de semana se respiraba Barza por todas partes, en las plazas más grandes se escuchaban los cánticos de guerra de una multitud azulgrana. Por un momento tuve la impresión que todos los que estábamos allí habíamos sucumbido al llamado irresistible de cruzar al otro lado de la Torre del Diablo como lo hizo Roy Neary (Richard Dreyfus) en la clásica película de Spielberg Encuentro Cercano del Tercer Tipo.

La verdadera fiesta de antesala se llevó a cabo en la histórica Puerta de Brandenburgo. Un verdadero festival futbolero, con sabor alemán, que se extendía desde las puertas del Tiergarten, hasta el Reichstag, la casa del parlamento alemán.

Los grandes patrocinadores tenían sus tiendas montadas, y las toldas de comidas y cervezas (claro, solo Heineken), abarrotadas de gentes.

Los juegos, los disfraces, las entrevistas a jugadores famosos, etc  La ciudad estaba de fiesta! De vez en cuando aparecía algún individuo con un letrero que decía I need tickets. Estoy seguro que la cantidad de seguidores  del Barcelona superaba con creces la cantidad que tenían boletos para ver el juego.

De repente mi amiga, que vivió en Berlín 10 años,  me dice, en broma y en serio, creo que esto es lo más importante que ha ocurrido en Berlín, después de la caída del muro.

Para qué hablarles del partido! Ustedes lo vieron por televisión. Yo, vestido de Barza y con mi bandera panameña, curiosamente en el mismo estadio donde Hitler, en 1936, proclamó la falaz supremacía de los arios, me confundí en el coro atronador de Cant del Barca,  con esa afición entregada al que es en este momento, sin duda, el Mejor Equipo del Mundo.

Octavio Del Moral
Especial para Capital Financiero

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