México frena la comida chatarra

Hacer cumplir las normas  es parte del desafío

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México ha restringido los alimentos de altas calorías en las escuelas, en momentos en que el país intenta revertir el crecimiento de la obesidad.

Las directrices que entraron en vigor este año escolar desalientan el consumo de productos procesados salados y dulces, prohíben las bebidas azucaradas y exigen que las escuelas sirvan alimentos frescos y agua para beber. Los directores que ignoren las directrices podrían recibir severas multas o incluso el cierre de escuelas.

La medida forma parte de la estrategia del Gobierno para frenar el aumento de las tasas de enfermedades crónicas que amenazan con elevar los costos de salud y socavar la productividad de México. También constituye un golpe para la industria en el noveno mayor mercado de alimentos procesados del mundo.

El año pasado, el país lanzó impuestos sobre bebidas azucaradas y snacks empaquetados de alto contenido calórico, además de limitar la publicidad de alimentos chatarra dirigida a niños. México se encuentra entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) con mayores tasas de sobrepeso y diabetes Tipo 2. Un tercio de los niños mexicanos ya son considerados con sobrepeso, según estadísticas del Gobierno.

Si las intervenciones tempranas fallan, uno de cada tres niños mexicanos desarrollará diabetes Tipo 2 durante su vida, advierte la Alianza por la Salud Alimentaria, un grupo de defensa de los consumidores financiado por Bloomberg Philanthropies y asesorado por la Fundación Mundial del Pulmón.

En teoría, las directrices mexicanas dejan poco margen para que las empresas vendan chips empaquetados, hot dogs o galletas en las instalaciones escolares. No obstante, funcionarios públicos y grupos de defensa del sector privado dicen que la supervisión y la aplicación han sido poco rigurosas en este país con 248.000 escuelas primarias, muchas de las cuales no tienen comedores ni fuentes de agua.

Corremos el riesgo de que estos lineamientos quedan en papel, dice Alma Meneses, directora de política pública de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim).

Los alimentos procesados tienen un alto consumo en México. Un reciente análisis de Euromonitor International sobre las tendencias de compras mostró que por persona, los mexicanos compraron 1.928 calorías al día de alimentos empaquetados y gaseosas el año pasado, en el primer lugar entre los 54 países sondeados.

México es el mayor consumidor mundial per cápita de productos de Coca-Cola Co. y el tercer mayor mercado por ingresos de snack y bebidas de PepsiCo Inc., después de EE.UU. y Rusia.

La industria alimentaria presionó con éxito para que se elimine una lista de artículos prohibidos de las directrices mexicanas, al igual que lo hizo en EE.UU. al lograr que se descartaran los límites semanales a las raciones de papas a la francesa en la Ley de Niños Saludables y Sin Hambre de 2010, promovida por la primera dama, Michelle Obama.

En cierta forma, sin embargo, México ha ido más allá de lo requerido: La gran mayoría de los estudiantes comen un snack, pero no almuerzan en la escuela, ya que la jornada escolar típica dura un poco más de cuatro horas.

Sin embargo, el sistema de educación pública está cambiando lentamente hacia jornadas más largas, y ahora uno de cada 10 colegios primarios mantiene a los alumnos en sus instalaciones durante ocho horas. Estas escuelas sirven almuerzo, y a veces también desayuno. En las áreas rurales, la comida es en general financiada por el Gobierno, lo que les da a los padres otro incentivo para enviar a los niños a estudiar.

Los defensores de la salud consideran las jornadas laborales más largas como una oportunidad para inculcar mejores hábitos alimentarios desde una edad temprana.

La Escuela Primaria Benito Juárez en la colonia Roma Sur en Ciudad de México es uno de los establecimientos con un horario extendido en el que los alumnos almuerzan allí. Su directora, Maritza Aguilar, dice que considera la comida del almuerzo como una lección de vida tan importante como leer y escribir. Al final, dice, los líderes de cada escuela determinan si los estudiantes comen un almuerzo nutritivo y balanceado.

Yo no sirvo comida chatarra, dice dentro del comedor, mientras alumnos toman una sopa de lentejas. Así es como educas a un país para que coma bien.

Los maestros se acercan para cerciorarse de que los estudiantes coman todo antes de pasar al próximo plato: Enchiladas rellenas de verduras con una salsa de tomatillo verde.

Al principio fue difícil tragar la lechuga o el calabacín, cuenta José Eduardo Calderón. Mi familia come algo de verduras, pero no mucho, dice. Su compañera Ana Lilia Saavedra, en cambio, asegura que le han empezado a gustar tanto las zanahorias que sirven en la escuela que ahora las pide en su casa.

Los hábitos de alimentación en la edad escolar van a permanecer toda la vida, dice Juan Rivera, director del Centro de Investigación en Nutrición y Salud del Instituto Nacional de Salud Pública. Si no se acostumbran a comer comida natural, nunca vamos a salir de la epidemia de la obesidad.

Según las investigaciones del instituto, las bebidas azucaradas y los alimentos altamente procesados conforman 30% del total de calorías diarias que consumen los niños de edad escolar en México, pese a que la entidad sostiene que debería ser de un máximo de 12%.

La industria alimentaria presionó con éxito para eliminar una lista de más de dos docenas de productos que habrían sido prohibidas bajo las nuevas directrices, como panqueques, cereales azucarados, mermelada, postres de gelatina, y frutas en almíbar enlatadas. En una carta de marzo de 2014 al regulador Cofemer, una agrupación del sector que representa a más de una decena de fabricantes de alimentos envasados, entre ellos PepsiCo, la empresa de cereales Kelloggs y el gigante de los snacks Grupo Bimbo, argumentaron que la lista era discriminatoria y un abuso de autoridad.

Amy Guthrie
Dow Jones

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