Mis deseos de navidad

Mis deseos de navidad

Ricardo Gonzalez J.

rgonzalez@cpital.com.pa

Capital

La derrota 2009 sumió al PRD en su peor crisis. Sustento: 1989, ni invasión, ni persecución judicial subsecuente o  encarcelamiento de  militantes y sus jefes del Estado Mayor, lograron suspender la estructura del partido. Tampoco la pérdida de un poder dictatorial que bien los cobijó. Así, en aquel referéndum de 1992, unos núcleos de bases asumieron  responsabilidades en la derrota al Gobierno de Guillermo Endara y la ADO-Civilista.

Cada 20 de diciembre, el desfile de las Damas de Negro evidenciaba moral militante. Los velorios devinieron en eventos solidarios de encuentro político.  

Luego de inaugurar primarias, en 1993, El Toro suma a las huestes perdedoras de Alfredo Oranges. El triunfo de Pérez Balladares en 1994 mostró la unidad de un partido en franca recuperación. Diez años después, lo reeditó y mejoró el hijo del general, Martín.

Mas, desde la primera campaña de Torrijos, 1999, la consigna estratégica desasociaba su figura juvenil a la de dinosaurios demasiado coloreados de dictadura. Marchaban de las tarimas a los Rigoberto, Gerardo, Pachi y Mitchel, o  cualquiera que resumara institucionalidad. Mientras, la M sustituía en la bandera, al 11 alusivo a su revolución octubrina. Una vez instalado, gobernó con los chicos del Team Martín. Todavía no entiendo por qué   desbandar unos núcleos que bien participaban en el debate interno o como maquinaria electoral.

En 2009,  la moral del partido terminó hecha añicos con el brinco  de líderes de tuerca y tornillo, léase alcalde Carrasquilla, Abraham Martínez, Lalo Antonío y Pablo Thalassinos. Y cuando necesitó resistir la andanada del camorrista,  un PRD amenazado y sin liderazgo extrañó aquella base que antes vibró al compás del debate político.

La dirigencia, distraída  en su propia crisis post electoral Balbina versus Navarro, nunca transpira los temores de un otrora combativo partido. Tampoco salió a explicar la derrota, y menos,  defender a perseguidos de una política judicializada.

Hoy, la dirigencia mantiene la línea cortada con las bases. Mientras, cede a los precandidatos presidenciales la transmisión de identidad y dirección del debate político interno. Aquel PRD valiente y cohesionado, terminó atemorizado y guarecido en múltiples tendencias auspiciadas por los aspirantes.

La escuela de cuadros Ascanio Villalaz invierte altas sumas en cursos. Mas,  concentrados en la capital y sin mayor cobertura resulta incapaz de detener el drenaje de  casi doscientos mil tránsfugas a quienes nunca fidelizó y que saltan a los brazos de Cambio Democrático.

CD, apalancado en el poder,  llegará a 2014 como el mayor partido político, como dijo su presidente Ricardo Martinelli, con más de medio millón de adherentes.

Si por el PRD llueve, por acá no escampa. A diferencia de su adversario, el todavía bisoño CD adolece de héroes y gestas.  Pena por la ausencia de una dirigencia dispuesta a fajarse con las complejidades de esta organización política masiva y nacional.

Entendible. El propio Martinelli  erige su CD sobre el cansancio del elector con los partidos tradicionales. Mas, toda su dirigencia, como es tradicional,  terminó volcada en gobierno. Sin una escuela siquiera incipiente, adolece de esta organización que elevaría a militante aquel medio. Esta ruma de adherentes sin más lealtad que la cercanía al volátil poder también remontará con las primeras brisas de la alternabilidad. El ahora inmenso partido luce cual adolescente regordete y desatendido.

Ambas crisis de madurez de  las más grandes y ojalá sostenibles organizaciones de estos últimos cien años, muestran el mismo origen. Devienen de la exigencia ciudadana de una democracia expresada en partidos permanentes y actuantes. O la dirigencia asume la transformación o será rebasada como  acontece en toda la región.

CD urge de un liderazgo que lo rescate del receso obligado y lo diferencie del gobierno.

El affair judicial favorable a un resuelto Pérez Balladares  alivió aquella leyenda erigida por la propia  base PRD: la imbatibilidad del matasiete. Aunada a la erosión de credibilidad del gobierno, crean condiciones para que el partido inicie la recuperación de su otrora combativa identidad torrijista. .

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