No subestimes las posibilidades de reelección de Trump

No subestimes las posibilidades  de reelección de Trump
Las encuestas indican que los votantes, los cuales entienden la impersonalidad del ciclo económico, no le dan el crédito al señor Trump- Archivo

Los seguidores del deporte estarán familiarizados con el concepto de la cobertura emocional. Es la sólida premisa de que, como consuelo, el dinero supera la decepción, por lo que la gente apuesta contra sus propios equipos para suavizar el trauma de la derrota.

Incluso si el juego fuera legal en todo Estados Unidos (EE.UU.), los mercados no serían lo suficientemente líquidos para satisfacer la demanda de tales apuestas sobre Donald Trump. Al solicitar opiniones en la víspera de 2020, he visto que las personas que menos desean un segundo mandato para el presidente estadounidense son las que más rápidamente lo predicen.

Los diplomáticos extranjeros no están menos resignados que los liberales estadounidenses quienes tendrán que sufrirlo en persona. A veces se exceden en su certeza, pero, aunque el señor Trump no es una apuesta segura, es sumamente competitivo, incluso después del juicio político, incluso después de todo. El truco es explicar por qué.

Una razón es la expansión económica más larga en la historia de EE.UU. Las encuestas indican que los votantes, los cuales entienden la impersonalidad del ciclo económico, no le dan el crédito al señor Trump. Pero el auge obligará a sus competidores a demostrar que no pondrían la economía creciente en peligro con aumentos de impuestos o más regulaciones, incluso aquellas que son populares. Además, el brazo más izquierdista que ha habido en el partido demócrata en una generación está expuesto al cargo de tomar riesgos innecesarios.

Otro factor tan importante como la economía es el papel estructural del partidismo. Debido a la lealtad de grupo en la política de estadounidense, casi cualquier ‘ser sensible’ que represente un partido importante puede contar con 45% del voto nacional.

Desde 1996, tanto los demócratas como los republicanos han alcanzado ese número, y el resultado de ese año fue debido a la candidatura divisiva del multimillonario independiente Ross Perot.

A pesar de su crueldad, el partidismo crea un tipo perverso de estabilidad en el que los resultados electorales sólo varían dentro de un rango estrecho, incluso, aparentemente, cuando un candidato es un desacreditado quien es adicto a Twitter. La estructura de incentivos que esto establece para los políticos es demasiado terrible para contemplar: ¿Se puede hacer literalmente cualquier cosa y seguir siendo electoralmente viable para el cargo más importante en la Tierra?

El auge de EE.UU. y su tribalismo son bien conocidos en el extranjero; y la fuerza elemental del señor Trump como activista es un factor poderoso que le da una ventaja. Sin embargo, hay algo más que explica su duradera competitividad y aquellos que confían demasiado en la racionalidad lo pueden pasar por alto: es casi imposible que el señor Trump pueda decepcionar a sus seguidores. Nunca tuvieron esperanzas que alguien pudiera decepcionar.

En 2016, era posible caracterizar a sus votantes como inocentes que creían que repatriaría fábricas a Ohio y limpiaría la política. La lógica implicaba que cuando fracasara en estos esfuerzos, su apoyo se desaparecería. En retrospectiva, esto sólo fue cierto para algunos de ellos.

Muchos otros nunca creyeron que él o cualquier otra persona realmente pudiera “hacer a EE.UU. grande de nuevo”.

Su voto fue más un aullido en contra del percibido declive nacional que un intento calculado por detenerlo. No están observándolo con portapapeles que establecen indicadores clave de rendimiento. Eso implicaría algo de esperanza en primer lugar.

Es difícil exagerar el fatalismo del país que lo eligió y que sigue estando dispuesto a hacerlo nuevamente. Por una brecha de alrededor de 20 puntos, los votantes creen que EE.UU. se está moviendo en la dirección equivocada. (El margen ha estado en dos dígitos durante una década).

Según Pew, 60% o más de los votantes esperan que EE.UU. se debilite en el mundo, se vuelva menos equitativo a nivel doméstico y se divida más a nivel político en los próximos 30 años. El sentimiento de declive es el estado de ánimo nacional, y precede al señor Trump. De todos los fundadores de EE.UU., uno de los menos admirados, John Adams —quien todavía no tiene un monumento en Washington, por falta de donaciones— es el que refleja el espíritu contemporáneo.

El gran escéptico siempre dudó de la idea de un progreso inexorable, de la noción de EE.UU. como una nación celestialmente favorecida.

De ello se deduce que, si los votantes se resignan a la imposibilidad de mejorar las cosas, el desempeño del presidente no es muy importante. Es imposible desilusionar a los que nunca estuvieron ilusionados.

Nada de esto garantiza la presunción de un segundo mandato de Trump. Varios demócratas todavía lo superan, aunque se están ajustando los márgenes. Una recesión económica antes de noviembre sería difícil (aunque no imposible) de sobrevivir para él.

00Su capacidad para producir bromas inolvidables le ha fallado en el caso de Joe Biden, ex vicepresidente y opositor electoral, a menos que piense que “Sleepy Joe” es una broma inolvidable. Sin embargo, después de haberles demostrado a los votantes su verdadera personalidad durante tres años, el señor Trump sigue siendo un contendiente. Eso, incluso si no gana, explica la angustia liberal al comienzo de esta década.

Janan Ganesh
Financial Times

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