Nunca digas nunca con Donald Trump

Nunca digas nunca con Donald Trump

El multimillonario que ha pasado semanas en el primer lugar de las encuestas presidenciales debe ser tomado en serio.

Trump web

Es febrero 2016 y el cielo se va a caer sobre nuestras cabezas. Donald Trump acaba de ganar la asamblea electoral de Iowa y las primarias de New Hampshire. Aquellos que predijeron que en poco tiempo haría implosión están haciendo nuevas predicciones. Seguro se apagará en el Súper Martes, insisten. En las primarias de la Florida de Jeb Bush, los votantes se desharán de él, añaden.

En el peor de los casos, se encontrará con su Waterloo en la convención republicana en julio la primera convención abierta en décadas. No teman, los sabios nos dirán, ese hombre nunca podrá ser presidente de Estados Unidos (EE.UU.).

Como un reloj parado, la sabiduría convencional eventualmente llegará a estar de acuerdo sobre el señor Trump. Es lo que esperan todas las personas sensatas. La semana pasada dos de los más aguerridos partidarios del multimillonario golpearon a un indigente hispano. Todo lo que pudo decir inicialmente el señor Trump fue que sus seguidores habían sido apasionados. No se equivoquen: El magnate de la construcción que busca ser presidente no es una persona agradable.

Los conservadores deben estar especialmente preocupados. Los planes del señor Trump de reunir y deportar a los 11,5 millones de migrantes indocumentados requerirían el poder federal de un Estado policial. Su plan de deshacerse de la enmienda 14 que permite tener derecho por nacimiento a la nacionalidad estadounidense corroería el alma de EE.UU.

Y sin embargo, debe ser tomado en serio. A primera vista parecía ser una moda pasajera. La gente comparó su repentino ascenso a la contienda republicana en 2012 con los diferentes candidatos atípicos que surgieron: Primero fue Michele Bachmann, la conservadora cristiana de línea dura del estado de Minnesota. Luego fue Herman Cain, el anterior rey de la pizza con su estrafalario plan de impuestos 999. Después llegó Newt Gingrich, el anterior presidente de la cámara. Y así sucesivamente. Pero todo salió bien al final, como siempre sucede. El sistema prevaleció y Mitt Romney se llevó la nominación.

¿Por qué sería diferente ahora? Porque ya lo es. El señor Trump ha ganado consistentemente todas las encuestas por varias semanas. Cuando la gente se siente inquieta por probar algo nuevo, no se acogen a la vieja opción. Tampoco puede la Trumpmanía atribuirse a la falta de atención de los ciudadanos. Al contrario, están encantados.

El debate republicano este mes tuvo 24 millones de espectadores el número más alto para un evento no deportivo en la historia de la televisión por cable en EE.UU. También fue el programa más visto de Fox News. Atrajo más de cuatro veces el número de espectadores que el récord anterior para un debate de primarias republicanas (6,7 millones a fin del 2011). Sin duda, muchos querían ver sangre más que política. Sin embargo, la posición del señor Trump se ha solidificado desde entonces.

Los veteranos políticos dicen que algún evento pasará para que el meteoro del señor Trump regrese a la tierra. Tendrá que ser algo especial. Cada vez que comete un desliz sus estadísticas parecen mejorar. Ya sea que haga comentarios denigrantes acerca de sus compañeros republicanos, los hispanos, presentadoras de televisión o mujeres en general, no importa. A pesar de sus tres matrimonios y una tendencia a hablar de mujeres como objetos sexuales, le va bien en las encuestas con los conservadores cristianos. La popularidad del señor Trump se basa en parte en su comportamiento insoportable. Su forma de ser va en contra de todas las reglas de campaña. Es difícil pensar que podría decir o hacer para echarlo a perder.

Eso nos lleva a la línea de defensa final la convención abierta. Con 17 candidatos compitiendo y ninguno, excepto el señor Trump, habiendo obtenido la delantera, las probabilidades ya se inclinan hacia una convención abierta.

Aún sin el señor Trump, éstas son las elecciones primarias más fracturadas y divididas que han tenido los republicanos en los tiempos modernos. Supongamos que el señor Trump gane una cuarta parte de los delegados en las primarias y el resto de los otros tres cuartos se divida entre Jeb Bush, Scott Walker, Marco Rubio y tal vez Ted Cruz y John Kasich. Sumando todo, el señor Trump podría fácilmente quedar fuera de la competencia. Pero eso supone que los demás candidatos se hayan unido alrededor de uno de los candidatos restantes como portaestandarte. Es fácil imaginar al Sr. Rubio pasándole sus delegados al señor Bush, o viceversa. Pero ¿qué tal el señor Cruz, el candidato de Texas apoyado por el Tea Party? El establishment republicano sólo puede prevalecer si está de acuerdo.

Supongamos que sí está de acuerdo y el señor Bush surge después de unos amargos días de negociación como el candidato republicano. ¿Qué hará el señor Trump entonces? ¿Admitir que el juego terminó después de una buena pelea? ¿O entrar al juego como un candidato del tercer partido? Apuesto a que sería la última opción.

Se presentarían todo tipo de complicaciones para poner su nombre en los sufragios en esa fase tardía del proceso, pero el dinero puede hacer milagros y el señor Trump tiene mucho.

Para ser precisos, tiene ego. La gente debate sobre la ideología del señor Trump. Algunos dicen que es un nativista. Otros que es un conservador moderado con desplantes desagradables. La verdad es que ha estado improvisando. La prioridad del señor Trump siempre ha sido el señor Trump. Si él prevalece hasta llegar una convención abierta, no se detendría ahí.

Con respecto a las predicciones, aventuraré una más. El señor Trump nunca será presidente de EE.UU. De hecho, se está asegurando que tampoco lo logre ninguno de sus rivales republicanos.

Edward Luce
Financial Times

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