¿Panamá: Víctima de su éxito?

¿Panamá: Víctima de su éxito?

Dice el futurista Francis Fukuyama que un país no cambia con una crisis, pero sí con varias. Panamá lleva tres. El hecho es que, históricamente la nación ha sido privilegiada por una envidiable estabilidad económica y social. 

El uso del dólar estadounidense como moneda de curso legal, la baja inflación, una privilegiada posición geográfica, el Canal y su conglomerado logístico, los bancos, nuestra moderna urbe y la capacidad para atraer inversión son parte de esos atributos. Pero, quizá esa prodigalidad, que han hecho al país “libre de crisis”, también ha aislado al país de la realidad y ha promovido una contumaz cultura de resistencia al cambio. 

Precisamente, hace años, un destacado economista panameño nos invitaba a una reflexión que aún gravita en nuestros pensamientos: ¿La estabilidad de Panamá… es una ventaja o desventaja?

Por ejemplo, presentamos deficiencias marcadas en la educación y la salud pública y en la falta de institucionalidad, incluyendo la ausencia de una carrera administrativa, que pudiera ser, cuando menos, como la de la mayoría de los países de la región. 

O, el por qué prima una madeja cada vez más profusa de “incentivos” de los cuales dependen literalmente los sectores para “generar empleo”. De hecho, tenemos el más débil sistema tributario de la región, quizá por contar con el Canal, que ha sido una “bendición” fiscal. 

Esta dualidad se aprecia a flor de piel: Nuestra modernidad literalmente se ve teñida por aguas servidas que corren por plena calle y la acumulación de basura y roedores. Son esas ironías tan propias las que dolorosamente nos definen.

Sobre los detonantes de la crisis, huelgan explicaciones sobre los coletazos que dejó la pandemia de coronavirus (COVID-19) en materia de inflación y la incertidumbre que provoca ahora la guerra en Ucrania. 

Si bien en Panamá la inflación ha sido comparativamente más baja (a nivel mundial será 9% y en Panamá 4.5% este año), a la vez el país es muy sensible socialmente a dicho fenómeno.

Esta coyuntura, inter alia, previsiblemente generó una secuela de protestas que han sido canalizadas en una Mesa Única del Diálogo por Panamá, en la cual priman obvias limitaciones en cuanto a la representatividad de los actores, así como la discusión técnica y serena de complejos temas de política económica. Sin embargo, en alguna medida ha constituido una válvula de escape para aplacar las expectativas y el clamor de una población visiblemente afectada.  

Además, ha demostrado, aunque de manera imperfecta, que el país, o una parte de él, puede ponerse de acuerdo y tomar medidas concretas. Ha sido por ende una oportunidad para identificar acciones que bien manejadas redundan en pro de sectores vulnerables como nuestras comunidades indígenas (donde la pobreza en algunos casos supera el 80%).

El Estado por su lado tiene una oportunidad de oro para dinamizar esos acuerdos y, por otro, convocar nuevos diálogos para continuar introduciendo ajustes claves de manera concreta. Ya hay incluso varios acuerdos y planes nacionales que solo demandan una priorización. 

Si bien los cierres fueron una reacción generalizada y espontánea, seguir recurriendo a esta práctica de manera sistemática coloca al país en un plano en declive que podría derivar en una “profecía autocumplida”: el crecimiento colapsaría, la inversión extranjera se reduciría, aumentaría el desempleo y la estabilidad del país sería cuestión del pasado. 

Quedaría fatalmente demostrado lo que en realidad es el “leitmotif” de ciertos grupos claramente identificables: que el modelo panameño no funciona. Eso sería jugar con el pan y la paz de nuestros hijos y nietos.

Así mismo, aferrarnos a la ilusión que somos invulnerables por nuestra consabida “estabilidad” sólo abre las compuertas a nuevas crisis y perpetúa el problema de un crecimiento poco incluyente. 

Igual impacto tendrá la actitud que asumen algunos de que, si hay crisis no es por responsabilidad de mí sector o grupo (una especie de juega vivo económico o de “refórmate tu primero”). De algún modo, con raras excepciones, todos los gremios, actividades y sectores gozan en este país de alguna canonjía tributaria, un subsidio o alguna ley que lo exime de competir; una especie de Torre de Babel de fueros. Mantener esa estructura incólume será temerario.

Panamá resolverá sus dilemas en la medida que encuentre engranajes para impulsar cambios evolutivamente que le permitan generar condiciones económicas e institucionales que hagan al país más resiliente. Es eso justamente lo que se requiere en un mundo complejo e impredecible caracterizado por el avance tecnológico y la inestabilidad geopolítica. 

Se requiere por último un debate franco, honesto y hasta descarnado de lo que queremos de aquí a 15 o 20 años, alejado de banderías ideológicas y enfoques populistas infecundos. ¿Será esta la crisis que se necesitaba para ajustar algunos aspectos o es cierto que se agotó el “sui generis” modelo panameño?

Horacio Estribí
Economista

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