Poderosos cazadores

Leone divora la preda nel parco Ngorngoro,Tanzania

Hay sobradas razones para el repudio mundial por la muerte de Cecil, el emblemático león caído por un cazador deportivo en Zimbabue. La solución, para muchos, es prohibir definitivamente la caza deportiva. La muerte del magnífico animal es asunto ético que merece profundo respeto, pero el tema tiene una complejidad mayor a considerar.

El predominio de una visión urbana que repudia siempre la muerte ocasionada de todo animal silvestre, es insuficiente para entender los fenómenos sociales y ecológicos que rodean a la caza y es, incluso, contraproducente para su manejo.

Zimbabue es ejemplo del éxito de una política de manejo de vida silvestre basada en devolverles a las comunidades locales el derecho a usar la fauna. Al decir de los lugareños, un antílope se usa tres veces: La primera se vende en un safari fotográfico, la segunda por su trofeo, y la tercera por la carne.

El alto valor económico que han adquirido algunos animales silvestres ha hecho retroceder una ganadería que degrada el ecosistema. Cazar deportivamente animales allí no es un crimen ecológico, sino una forma de gestión del ecosistema. De hecho, muchos de los animales que en otras partes de África están arrinconados en los parques nacionales cercados, en Zimbabue se encuentran en territorios comunitarios, como el parque nacional Hwange, por donde deambulaba el infortunado león.

Pero lo que es, por supuesto, un hecho reprochable, no debería generalizarse para satanizar todas las formas de caza. La percepción social negativa hacia la cacería se acentúa cuando se ven involucrados poderosos cazadores humanos. Reyes, magnates, políticos y acaudalados profesionales podrían cambiar la satisfacción de sus instintos depredadores por la solidaridad con los humanos que viven en esos ecosistemas. La caza deportiva practicada con ética, ha demostrado ser una forma de hacerlo.

Y no es un tema menor para Colombia. Aquí hay grandes extensiones de tierra silvestre, en donde el aprovechamiento de algunas especies debería ser reconocido como base del bienestar de poblaciones locales. En cambio, los medios de comunicación presentan a los cazadores como villanos ante las audiencias urbanas.

Grave si las autoridades no reconocen este aspecto cultural presente en la vida rural colombiana, porque el escenario alterno es peor. Cuando las fuerzas económicas consolidan la transformación de los ecosistemas y los pobladores locales son desplazados, no sólo los animales emblemáticos se afectan, sino que hay pérdida de biodiversidad y enorme sufrimiento animal que no llega a las pantallas y redes sociales.

Todavía podríamos consolidar una porción de nuestro territorio en donde seres humanos y animales convivan con la muerte como lo es para los seres vivos en la naturaleza.

Otra cosa es la visión del paraíso terrenal sin depredación, o los parques naturales temáticos a imagen de Walt Disney. Por supuesto, también hay lugar para ellos.

Editorial del diario El Tiempo de Bogotá, Colombia, del viernes 7 de agosto de 2015.

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