Política exterior de Trump representa una ganancia para China

Política exterior de Trump representa una ganancia para China
El ‘sufrimiento’ a corto plazo oculta el hecho que Beijing se beneficia del retiro global de EE.UU.| Fotolia

Donald Trump, como sabemos, ha forjado un vínculo especial con Kim Jong Un, el líder de Corea del Norte. Y debiéramos olvidarnos de los esfuerzos de Rusia por subvertir la democracia estadounidense, porque Vladimir Putin es bueno. Incluso el presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker, resulta ser un buen tipo cuando se trata de hablar de comercio. El presidente estadounidense ahora está indicando que estaría más que dispuesto a reunirse con su homólogo iraní Hassan Rouhani. Hace poco estaba amenazando a Teherán con toda clase de formas de fuego y furia. Dado el fabuloso trato que el señor Kim obtuvo en Singapur, el señor Rouhani debería rápidamente aceptar la oferta.

Es fácil comprender por qué todo esto puede inquietar a Beijing. El presidente chino, Xi Jinping, también fue el ‘receptor’ del tratamiento trumpiano para los mejores amigos. Pero, a medida que el demencial caleidoscopio que es la política exterior estadounidense sigue girando, la guerra de la Casa Blanca contra las políticas comerciales de Beijing se está estableciendo como algo relativamente constante. La opinión revisada del presidente sobre el señor Xi es que “él está a favor de ellos y yo estoy a favor de nosotros”.

El señor Trump tiene razón. La mayor parte de su ira generalizada en relación con el comercio representa una medida de su ignorancia acerca de la globalización y de las cadenas de suministro. Él vive en la década de 1950. En aquellos días, las cosas se fabricaban en un país, generalmente en Estados Unidos (EE.UU.), y luego se vendían, idealmente, en casi todos los otros países. El mundo moderno de multitudes de piezas, con componentes y productos semiacabados que se mueven de un lado a otro a través de las fronteras, no se ajusta a la plantilla del presidente.

China es diferente. Cuando el señor Trump acusa a Beijing de robar propiedad intelectual, de excluir importaciones y de manipular el renminbi, sus comentarios reverberan en otros países. No es coincidencia que los gobiernos europeos —más recientemente el de Gran Bretaña— estén endureciendo los controles para evitar que la inversión china se convierta en una ruta hacia la transferencia involuntaria de tecnología. Las empresas europeas se quejan con igual vehemencia que las estadounidenses acerca de las reglas de propiedad chinas. Los cargos de “dumping” (exportación de productos con precios por debajo del costo de producción) son frecuentes. China aprovecha al máximo las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), y luego las ignora cuando le conviene.

Por lo tanto, la perspectiva de un prolongado conflicto comercial probablemente representa un verdadero motivo de preocupación para los líderes chinos y, todavía más, debido a que la economía se está desacelerando y a que existen visibles grietas en el sistema financiero. Incluso los regímenes más autoritarios se preocupan acerca de su control del poder. El gobierno del Partido Comunista ha ganado aceptación, en líneas generales, debido a los aumentos en los niveles de vida. El señor Xi no quiere poner a prueba la proposición de que su mandato continuaría sin oposición durante una recesión económica.

La China del señor Xi tampoco está acostumbrada a tanta presión. Durante más de una década, los gobiernos occidentales han estado reacios a ofender, ya sea porque estaban ansiosos de obtener una parte del mercado chino o de atraer a Beijing al sistema multilateral. Ese enfoque suave está cambiando. Y la guerra comercial del señor Trump lo facilita aún más.

Y, sin embargo, aunque es tentador decir que China está rápidamente emergiendo como el gran perdedor de la política exterior del señor Trump, es más probable que la realidad sea todo lo contrario. A pesar que el presidente estadounidense ha incomodado al señor Xi, el barullo oculta el impacto a largo plazo de la política de EE.UU. Cualquier ‘sufrimiento’ a corto plazo debe ponerse en perspectiva en relación con la inmensa ganancia estratégica para China que se deriva de la cosmovisión del señor Trump. En la inevitable competencia global entre estas dos superpotencias, EE.UU. ya le está dando la ventaja a su rival. Durante un largo tiempo, los legisladores chinos ya han tenido un plan de primacía global. Se podría perdonar a cualquiera que pensara que la Casa Blanca ha decidido echarles una mano.

EE.UU. parte de una posición de gran ventaja no sólo en términos de su superioridad militar y tecnológica, sino también de un inigualable sistema de alianzas internacionales. Los acuerdos económicos, de defensa y de seguridad con aliados en Asia y en el Medio Oriente, y bases militares en docenas de naciones, se han convertido en parte de la arquitectura del poder estadounidense. Beijing solamente cuenta con un puñado de cómplices voluntarios (Camboya, por ejemplo), junto con la deferencia que puede comprar con su inversión extranjera. No existen otras naciones que digan que quieren copiar a China.

Entonces, ¿cómo está utilizando EE.UU. esta ventaja? El señor Trump está progresivamente desmantelando los pilares del orden internacional liderado por EE.UU. De una forma u otra, el presidente ha socavado los compromisos de EE.UU. en relación con el cambio climático, con la no proliferación nuclear, con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), con la Unión Europea (UE) y con las largas relaciones de tratados con Japón y con Corea del Sur. Nadie puede estar seguro que el señor Trump mañana no acabará con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) ni que no retirará las tropas estadounidenses del Medio Oriente. La credibilidad y la confianza sobre las que se construyó el poder estadounidense se están agotando. Si EE.UU. no respeta un orden diseñado por EE.UU., ¿por qué debiera hacerlo cualquier otro país?

Los objetivos estratégicos a largo plazo de China son suficientemente claros: Quiere restaurar su control sobre su propio vecindario (de ahí el establecimiento de todos los nuevos puestos militares en el mar de China Meridional) y quiere disminuir la distancia entre Asia y Europa con su Iniciativa un Cinturón, Una Ruta. A menudo se dice que Beijing quiere que el siglo XXI se convierta en el siglo del Pacífico, del mismo modo que el siglo XX fue la era del atlantismo. El Pacífico, sin embargo, está compuesto principalmente de agua. China quiere ser el principal poder eurasiático. Sus ambiciones siempre se han basado en la suposición de que necesitaría hacer retroceder la influencia estadounidense con el paso del tiempo. El señor Trump ha emprendido esta tarea con entusiasmo. Eso, sin duda, justifica un poco de ‘sufrimiento’ a corto plazo.

Philip Stephens
Financial Times

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