Regresar o madurar

Regresar o madurar

Jaime Porcell
Investigador
de Mercado

 

Caídas del ritmo cardíaco de la credibilidad, como corazón de una administración pública, sugieren cambios de fondo en todo el aparato, y no sólo publicitarios. El presidente reclutó un gabinete cuyo principal aval resultó, ganar una elección. Nunca exigió competencias persuasivas. Ahora, con el rancho prendido, habla de ajustes, mientras destrezas en hacer creíble el proyecto oficial se hacen necesarias.
Ante aquella debilidad en convencer, la unidad responsable de la comunicación debió llenar el enorme vacío. Peor aún, ésta desplegó una relación con medios  de pacotilla más afín a las rudezas de una coerción demasiado visible, que a la sutil persuasión. Es sabido, el poder vence, nunca convence.
Debiera preocupar que cualquier defensor de la gestión lo pague con su popularidad. Es lo único que explica por qué un ministro como Roberto Henríquez, brillante en el debate, escora en encuestas junto a coleros. El estoico silencio de quienes lideran la comunicación ante el infortunio de que cada espadachín termine devaluado desnuda el enfrentamiento soterrado entre sectores del gabinete.
Incluso, el propio presidente terminó expuesto a una marcada tendencia a la baja. Con intención de vacunarlo contra escándalos Wikileaks, durante inicios de mayo, sale de pantalla. La ausencia del defensor más creíble produce tal vacío que llena el ambiente de suspicacias y obliga a retornar en twitter.
El resto de la vocería, advertida del costo en popularidad, en lógica estampida. Mientras, la prensa lee las ausencias  como negativa a informar.
El hombre invierte media vida en llegar a la adultez. Un gobierno cuenta apenas con cinco años. En sus etapas  tempranas, los electores lo entienden como niño cuya graciosa torpeza merece aplausos.
Las distintas administraciones transitan por un período de gracia de más o menos seis meses donde ciudadanía y medios serán indulgentes. Yo llamo a esta etapa, de infalibilidad. Los electores deslumbrados no exigen rendición de cuentas, tampoco cuestionan demasiado. Los mismos organismos financieros internacionales animan al infalible a pasar leyes y ajustes impopulares. Aquí cada administración  apresura sus reformas tributarias.
El presidente Ricardo Martinelli, gracias a movidas populistas, $100 para los 70s, Beca Universal, logró expandir el período de infalibilidad hasta el año.  Un manejo demasiado cruento de Changuinola hizo caer el telón de la primera etapa y apresuró las dudas. Si antes existió una fuerte identificación electorado-gobierno, ahora el público niega que aquél lo represente.
Crecer duele. Los gobiernos también se aferran de forma activa a la sabrosa etapa de los aplausos. Denunciar conspiraciones de oscuros intereses económicos, perseguir a críticos, promocionar adeptos sin credibilidad, dibujan la crisis de maduración. Varados en la infalibilidad, aparecen desganados en convencer de su razón. Se tornan inmaduros, o si preferimos un término freudiano, regresivos. El país observa los retorcijones de un gobierno que enfrenta la disyuntiva: regresar o crecer.
Regresar significa no divulgar y pautar publicidad a unos adeptos  de escasa audiencia y credibilidad.  Implica acusar a medios dominantes de intereses oscuros en un ambiente tenso por acusaciones de falta libertad de expresión.
Quien aconseja a un reticente ministro Shamah apelar al legalismo – nadie es culpable hasta que se le compruebe – exhibe aquel aferrarse inconsciente. Ante una realidad que corre en contravía, este gobierno, y sus ministros,  resultan culpables mientras no demuestren inocencia. Aquella idea, la visa es personal, otra vez colisiona con la percepción-realidad: el público no discrimina asunto privado de  público.
El presidente mandata a miembros cuestionados a demostrar inocencia. Además, propone Diálogo para discutir libertad de expresión. Los gremios periodísticos corren a dudar. Ninguno  abre compás a un  gobierno que vivencia el choque, y  donde estos son signos de que la infalibilidad coercitiva empieza a quedar atrás.
Otra perla: el equipo de comunicación permite que una frase poderosa y cargada de humanidad el único judío pobre que vivía con su mamá pase casi inadvertida.
¿Podría la credibilidad regresar a la etapa de infalibilidad?, ¿un refresco del gabinete detendrá  la tendencia a caer de aquella?  De espaldas a la persuasión, con una concepción  sectaria de la comunicación, y en guerra con los medios, lo dudo.

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