Renovado nacionalismo acosa a Europa

Renovado nacionalismo acosa a Europa

El instinto de defender el interés nacional se ha disparado en medio de las luchas de la eurozona

El referndum sobre el "Brexit" divide a los brit·nicos

El nacionalismo es una de las tradiciones más fuertes de la Europa moderna, pero cayó en descrédito después de la Segunda Guerra Mundial. En medio de la avalancha de crisis que ha afectado a la Unión Europea (UE) durante la pasada década siendo el voto del Reino Unido para salirse del bloque el ejemplo más reciente el nacionalismo está reapareciendo.

Este nacionalismo adquiere una forma diferente del nacionalismo nacido durante la Revolución Francesa en 1789 y que se enterró en 1945. Las condiciones políticas y económicas actuales están a años luz de las de la Europa del siglo XIX, cuando numerosos pueblos que habían alcanzado una conciencia nacional no tenían su propio estado. También están a años luz de la era de los extremos ideológicos el fascismo y el comunismo de los años 1918-1939 y de las serias dificultades económicas.

La Europa contemporánea es, fundamentalmente, un continente pacífico y próspero. La UE proporciona un marco para una cooperación extremadamente estrecha entre los gobiernos nacionales. La UE les confía a las instituciones supranacionales, tales como la Comisión Europea, el Parlamento Europeo y el Tribunal de Justicia Europeo, un poder considerable. También a nivel popular, las sociedades europeas se conocen mutuamente mejor que nunca, gracias a los avances en las comunicaciones, a la educación y a las facilidades otorgadas por los medios de transporte para los viajes en masa.

Sin embargo, el nacionalismo, con una nueva apariencia, está de vuelta en el escenario. Sus manifestaciones más evidentes son, en primer lugar, una determinación más decidida por parte de los gobiernos de defender su propio interés nacional dentro de la UE; y, en segundo lugar, el aumento del nativismo populista de derecha.

Ambos desarrollos reflejan profundas tendencias políticas y sociales. Existe una desconfianza generalizada de las élites políticas, parcialmente de las de Bruselas, pero sobre todo a nivel nacional. Más específicamente, los votantes europeos de la facción centroizquierdista moderada están perdiendo la fe en la capacidad de la socialdemocracia del siglo XX de ofrecer seguridad económica y proteger la identidad.

Por supuesto, el instinto de defender los intereses nacionales propios en Bruselas nunca estuvo completamente ausente, ni siquiera durante el apogeo de la integración de la UE en los años 1980 y 1990. Sin embargo, el instinto se ha elevado a nuevas proporciones en medio de las luchas de la eurozona para mantenerse unida y de la crisis de refugiados y migrantes del año pasado.

Lo anterior es evidente en el paralizado esfuerzo de profundizar la unión bancaria europea por medio de un sistema de garantía de depósitos bancario común. Es evidente en la incesante búsqueda por parte de algunos gobiernos para encontrar la manera de manipular las reglas estipuladas por ley en la disciplina fiscal. Y es evidente en una decisión de la Comisión la semana pasada para que los parlamentos nacionales pudieran vetar los términos de un acuerdo comercial entre la UE y Canadá. Es probable que la autodefensa nacional también destruya un propuesto acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos (EE.UU.).

Hace un año, las principales instituciones de la UE publicaron un informe sobre la promoción de la unión económica, financiera, fiscal y política. Las copias del desinteresadamente recibido informe languidecen acumulando polvo en los archivadores de las capitales nacionales.

Ningún gran esfuerzo de integración es concebible hasta después de las elecciones presidenciales francesas y de las elecciones parlamentarias de Alemania del año próximo. Incluso entonces, puede que no acontezca. Los republicanos de la oposición centroderechista de Francia quienes están bien posicionados para ganar tanto la contienda presidencial como las elecciones legislativas posteriores consideran controles más estrictos en las fronteras nacionales, una reducción del papel de la Comisión y una mayor influencia a nivel nacional sobre las políticas comunes de la UE. Esta postura tiene mucho en común con la del gobierno nacionalista conservador de Polonia.

La segunda forma de nacionalismo en la Europa actual es el populismo derechista radical. sta es una fuerza más potente que la del radicalismo izquierdista, como se puede observar en la derrota del partido político Podemos en las elecciones de España el mes pasado; en la creciente impopularidad del gobierno de Grecia liderado por Syriza; y en el callejón sin salida al que Jeremy Corbyn y sus aliados neomarxistas están conduciendo al Partido Laborista del Reino Unido.

La derecha radical, al menos en Europa occidental, es menos antisemita de lo que era durante el caso Dreyfus de Francia en la década de 1890 y bajo el nazismo alemán. Es, más bien, islamófoba y antiinmigrante. En octubre, Austria organizará una repetición de sus elecciones presidenciales que puede resultar en que un candidato de este tipo se convierta en el primer jefe de Estado de la UE con tales tendencias democráticamente elegido.

Sin embargo, la derecha radical es más que nativista. Se basa en una fuente de iracundas actitudes entre los sectores de la sociedad que se sienten ofendidos no sólo por el multiculturalismo, o por las pérdidas sufridas en una economía globalizada, sino por los valores liberales (como, por ejemplo, la prohibición de la pena capital en el Reino Unido).

Parte del atractivo del populismo derechista es que martilla incesantemente el tema de que los principales partidos políticos, especialmente desde el final de la Guerra Fría, son casi indistinguibles entre sí y que no ofrecen una opción adecuada. No sin razón, a los partidos se les caracteriza como corruptos y desconectados de la vida cotidiana.

Pero no todo está yendo a favor de los populistas. Su principal debilidad es que no tienen políticas económicas más allá de una furia iconoclasta contra el euro, contra el libre comercio y contra los extranjeros, quienes supuestamente son parásitos del Estado del bienestar. El nuevo nacionalismo no cuenta con soluciones creíbles para una Europa moderna que, a pesar de todos sus problemas, debe fijar sus esperanzas de un futuro mejor en la cooperación mutua y en una actitud abierta ante el mundo.

Tony Barber
Financial Times

Más informaciones

Comente la noticia

Ver todas las noticias

Patrocinado por BANCO GENERAL