Silicon Valley discrimina a las personas mayores

Silicon Valley discrimina a las personas mayores

San Francisco se ha convertido en una sede clave del Botox

Employee compensation economy concept. Senior man working on laptop sitting next to young entrepreneur guy using computer under money rain. Pay difference concept.

Las tendencias organizativas de última moda que les cierran las puertas a los trabajadores de la tercera edad están en peligro de extenderse

Las empresas tecnológicas de Silicon Valley discriminan a las personas mayores. La edad promedio de los empleados en Facebook y LinkedIn es de 29 años. En Google llega a 30. Los jóvenes son simplemente más inteligentes, como supuestamente dijo Mark Zuckerberg. Y si acaso no son más inteligentes, no hay duda que son más baratos.

Hay muchas anécdotas sobre personas trágicas de cuarenta y cincuenta años de edad que compran sudaderas con capucha y se ponen al día sobre los superhéroes antes de salir a la calle virtual en búsqueda de un trabajo. Eventualmente algunos son contratados, pero la mayoría parece que no. Todo esto me recuerda lo que las mujeres llevan décadas haciendo para encajar en un mundo dominado por los hombres: Vestir trajes de pantalón y aprender a jugar golf, sólo que esta vez es peor. San Francisco se ha convertido en una sede clave del Botox, donde los trabajadores del sector de la tecnología incluso aquellos que tienen entre veinte y cuarenta años de edad se inyectan la cara con algo que los deja sin expresión, para encajar con sus colegas de cara de bebé.

Pero hay barreras mayores que nadie menciona para los adultos mayores que trabajan en el sector de la tecnología y que ninguna capucha o jeringa llena de toxina botulínica va a derrumbar. No tiene nada que ver con el prejuicio de que los empleados de más de 40 años son lentos en dominar la tecnología o que carecen de espíritu empresarial. En vez, la barrera es precisamente lo que hace que estas compañías sean alabadas: Su nueva estructura organizativa.

He estado leyendo The Conversational Firm de Catherine Turco, una socióloga de Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) que ha pasado meses infiltrada en TechCo, una empresa de software de rápido crecimiento en Estados Unidos (EE,UU,). Esta compañía ha desechado las viejas costumbres y se ha organizado según pautas más abiertas y menos jerárquicas. Es producto de la edad de la red social, donde las personas se comunican dentro de las compañías en formas muy diferentes. El resultado, dice la señora Turco, es una organización basada en la conversación. Hasta aquí, todo va bien. La gente de mi edad está a favor de la conversación. Sólo que no de este tipo.

El libro comienza con una entusiasta descripción de Hack Night en TechCo. Cientos de empleados se reúnen en un salón en la sede central de la compañía; la noche empieza con una llamada para que cualquiera que tenga una idea la comparta con el público. Entonces cada idea se asigna a un sector de la sala, y mientras suena música a todo volumen todo el mundo se dirige a cualquier idea que le apetezca. Hay cerveza, pizza y mucha conversación. Sigue así por horas. Cerca de las 9:00 p.m., todos se van a casa.

En TechCo les encanta Hack Night. Era de esperar, ya que la edad promedio del personal de 600 es 26 años. Yo veo una noche así con terror desesperado. No porque creo que no pudiera funcionar, o que nunca pudiera resultar una discusión fructífera. Simplemente no funcionaría para mí si yo participara ya que tengo por lo menos dos décadas de más para tal cosa. TechCo lo llama caos controlado. Yo soy anticaos de todo tipo, basada en la noción de que el caos es caótico y por lo tanto es menos eficiente que algo más estructurado. Peor aún, la idea misma de Hack Night me ofende porque, como la mayoría de los de mi edad, soy una cínica. Las organizaciones tradicionales pueden tolerar un módico de cinismo, pero esta nueva empresa sólo funciona cuando todo el mundo es un verdadero creyente.

Mientras más empresas se modelen alrededor de este tipo de conversación, más cerradas estarán sus puertas para mi generación, aún si sus jóvenes jefes dejan de expresar prejuicios indignantes contra los adultos mayores y ven que tiene sentido contratar algunos empleados de mayor edad. En algún momento todos entenderán aun los multimillonarios veinteañeros con más prejuicios que discriminar no sólo es ilegal e injusto sino también estúpido. Cuando los consumidores mayores son los que tienen más dinero y son necesarios para que siga adelante casi cualquier negocio, no tenerlos en la fuerza laboral no tiene sentido.

Lo que más me preocupa es que, tarde o temprano, estas ideas organizativas van a escaparse de Silicon Valley, ya que así son estas cosas. El decorado infantil de las oficinas, con colores primarios y sillones puff, se inventó en California, pero hace mucho tiempo que emigró, así que ahora las empresas de apariencia más descuidada de todo el planeta tienen oficinas que parecen salones de kindergarten. Esto es lamentable pero no desastroso; los adultos mayores pueden simplemente cerrar los ojos.

Pero en una empresa conversacional no puedes simplemente cerrar los ojos…o los oídos. Es una estructura, una filosofía y un modo de vida; en esta conversación, las personas de más de 40 años de edad, mucho menos de los de 50 ó 60, no tendrán nada que decir.

Lucy Kellaway
Financial Times

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