To wear or not to wear

Cada usuario, ante una oferta omnicanal, elegirá qué operación prefiere hacer dónde y cuándo

wearable smartwatches conceptLa industria financiera se prepara para colonizar los nuevos dispositivos portátiles personales y, a través de su uso, establecer el vínculo personalizado de mayor continuidad y permanencia al que podrán aspirar las instituciones financieras en relación con sus clientes.

Piense en los artículos que usted lleva encima, empezando por su reloj pulsera, luego gafas de sol o correctoras, lapicera, libreta, tarjetas bancarias, un reproductor de música portátil y sus auriculares, y el teléfono celular. Este último, sin embargo, ha invadido el -hasta ahora- confortable dominio de los anteriores. De hecho, gracias a sus aplicaciones de software, los smartphones pueden seguir nuestro andar mientras nos proporcionan música, miden nuestro ritmo cardíaco, nos guían con el sistema GPS y su brújula electrónica, se usan como lupa, linterna, teléfono y hasta terminal conectada a internet.

¿Pero qué pasa con el viejo reloj pulsera? Sigue dando batalla porque no ha estado ajeno al avance tecnológico y parece encaminarse a desbancar a su rival, el smartphone a pesar de que, por ahora, se desarrolla a su amparo, pues los noveles smartwatches operan como un portal de otro dispositivo. Muy pronto, tal vez antes de lo esperado, serán completamente autónomos. Además del aumento de sus capacidades, existen límites prácticos que habrá que superar, como la duración de su batería y la interfaz de usuario. Sin embargo, ¿debería la batería de un reloj pulsera inteligente durar más que la de un teléfono celular cuando pretendemos que sirva para lo mismo? Por otro lado, ¿por qué habría que modificar la interfaz del reloj cuando nos arreglamos con girar y presionar esos diminutos y elegantes botones llamados coronas que los equipan desde el siglo XVIII y alcanzan para activar cronómetros, ajustar husos horarios, fases de la luna y, en el mundo deportivo, controlar el entrenamiento o las inmersiones con las computadoras de buceo de pulsera?

La respuesta es simple. La duración estándar de la batería de los relojes pulsera electrónicos más sofisticados aunque no son inteligentes (es decir, no tienen una suite variable de aplicaciones) es de más de un año y esto se debe a que, operativamente, no les exigimos demasiado. En el caso de los smartphones, en cambio, muchas aplicaciones, incluso su uso básico como teléfono, requieren el ingreso de datos, tipeo o enunciación de comandos.

Cuantas más operaciones puede realizar un dispositivo, más batería consume y más interactiva debe ser su interfaz. Algo análogo ocurre con los coches eléctricos: Esperamos que una carga otorgue una autonomía similar a la de un vehículo con motor de combustión, mientras pretendemos manejarlos sin una curva de aprendizaje. Estos desafíos, aplicados a los relojes, demandarán nuevos desarrollos, como baterías de ultra alta densidad de energía de Li-ion o de silicio, que tienen una potencia exponencialmente superior a la de las actuales y se cargan en segundos, o el reconocimiento de voz y gestos que vendrá en nuestro auxilio. No obstante, en el camino, los fabricantes están logrando alternativas interesantes, como la carga inalámbrica aplicada a los smartwatches, o los displays de alto contraste (OLED) que otorgan un increíble realismo.

¿Y qué hay de las aplicaciones para smartwatch? Por supuesto, vamos a querer hacer lo mismo que con los smartphones y mucho más, como recibir instrucciones del GPS, establecer comunicaciones audiovisuales, operar con nuestros productos bancarios y hasta registrar nuestro andar, pulso cardíaco y el nivel de oxígeno en sangre todo eso además de consultar la hora o recibir mensajes mientras nos duchamos.

Mientras pasaba unos días de vacaciones, pensaba que muchas personas en tales circunstancias tal vez simbólicamente o por una cuestión eminentemente práctica dejan de ponerse sus relojes y se entregan al tiempo biológico, los biorritmos y los ciclos circadianos, pero no se pueden desprender de sus finanzas. Aún en vacaciones, llegan los vencimientos e incluso suele aumentar la intensidad de las transacciones debido a gastos en el exterior, cambios de divisas, etc., por lo que sería de gran utilidad poder estar bien informados al respecto sin interrumpir un día de playa para usar la computadora. Una banca omnicanal con acceso desde un smartwatch permite conocer en tiempo real las necesidades de cobertura de cuentas, cambios de divisas aplicados a pagos en el exterior o hasta gestionar otros medios de pago. Son motivos suficientes para no quitarse el reloj ni en vacaciones y sacarle el máximo provecho a esta nueva tecnología.

Entonces, ¿cómo entrará la industria financiera en el ecosistema de los wearables? Aquí se plantea un cambio en el esquema de relación institución-cliente: La conexión será permanente y, por lo tanto, cambiará el concepto de sesión, dentro de la cual todo está permitido y fuera de ella, nada. Con los smartwatches y a diferencia de los smartphones los usuarios podrán atribuirse permisos permanentes, inclusive mayores a los registrados con tarjetas bancarias, pues, será lógico suponer que mientras uno no se quite el reloj, tendrá acceso permanente para ver sus productos y notificaciones o realizar micropagos.

De esta manera, si bien la interfaz humana con el smartwatch es un tanto más acotada que con un smartphone dadas las dimensiones de sus pantallas, con el smartwatch ahorraremos el tiempo que lleva la autenticación. Evidentemente, se irá dando una paulatina especialización funcional y cada usuario, ante una oferta omnicanal, elegirá qué operación prefiere hacer dónde y cuándo. Ciertas funciones serán prioritarias para los smartwatches, como las notificaciones y los micropagos, que liderarán la avanzada de dichos dispositivos.

Sin duda, se vienen años brillantes, en los que, gracias a la suplantación del smartphone por el smartwatch, recuperaremos tiempo, un bolsillo y una mano, mientras lucimos estas nuevas y elegantes máquinas de alta-relojería que se ponen a nuestro servicio para facilitar nuestras vidas. 

Héctor Franco
Jefe de las Business Solutions de Technisys

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