Tsipras lleva a Grecia al borde del abismo

Puesto que ambas partes se han enfrascado en culparse mutuamente, es difícil encontrar una salida.

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Sin amigos ni dinero, Alexis Tsipras, el primer ministro de Grecia, ha tenido muy pocas cartas por jugar en las negociaciones con los acreedores de su país.

El líder griego ha tratado de avergonzarlos apelando al sentido de la solidaridad europea. Ha presumido de su propio mandato electoral para hacerle frente a la crisis económica de Grecia, ignorando el hecho de que en la política de la eurozona, no hay ninguna razón por la que un voto en Atenas tenga más valor que uno en Berlín o Helsinki.

Finalmente en el momento crítico en las conversaciones de Bruselas, el señor Tsipras ha jugado su carta más deshonrosa: Intentar aprovecharse del malestar con el que los europeos sensibles, como la Canciller alemana, Ángela Merkel, contemplan la posibilidad de la salida de Grecia de la zona de moneda única. No es el primer líder griego en recurrir a un referendo por la desesperación ante el avance de las negociaciones sobre un programa de rescate. Primer Ministro George Papandreou ya lo hizo en 2011. El riguroso acuerdo de rescate sobrevivió; el señor Papandreou perdió su trabajo.

Se podría justificar un referendo si su propósito fuera reforzar el apoyo griego a las medidas difíciles que se aproximan. En este caso, la intención es la opuesta. Al llamar la oferta de los acreedores «un chantaje», el señor Tsipras espera utilizar el referendo como arma contra sus adversarios de la eurozona, en lugar de utilizarlo para proteger su gobierno contra los radicales de su propio partido.

Su táctica ya ha fracasado debido a que la eurozona se ha negado a considerar la ampliación de su oferta de rescate hasta la fecha del referendo. Para este domingo, día en que se realizará el referendo, podría no haber un acuerdo sobre la mesa que discutir.

El señor Tsipras tampoco ha sido sincero sobre qué significa el «rotundo no» con que le está pidiendo al electorado responder a una pregunta que aún no se ha definido.

El primer ministro dice que sería «un gran sí a no aceptar un ultimátum». l tiene la responsabilidad moral y política de explicar las consecuencias del rumbo que está proponiendo. Mientras tanto, sería aconsejable que el pueblo griego escuchara con atención las palabras de la señora. Merkel. El plebiscito será un voto por el euro o por el dracma ni más, ni menos.

El mundo queda pues, una vez más, conteniendo la respiración sobre la posibilidad de un impago griego y su salida de la eurozona. Gran parte de la culpa de esta lamentable situación debe recaer en Atenas. Pero tampoco los acreedores pueden escapar incólumes. Su oferta puede haber sido aceptable. Sin embargo, no fue generosa, omitiendo incluso una muy necesaria contingente promesa de alivio de la deuda, a pesar de la insistencia del Fondo Monetario Internacional (FMI).

En estos momentos, muy poco separa a Grecia del impago. Dice mucho de la falta de liderazgo político en la eurozona que se le haya dejado a Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), limitar la línea de financiamiento que ha apuntalado los bancos griegos, lo cual ha llevado al país al borde del abismo.

La amenaza al euro ha sido siempre un problema solucionable envuelto en un aura de imposibilidad política. Pero con cada día que pasa, ambas partes parecen más dispuestas a enfrascarse en echarse la culpa mutuamente que en llegar a un compromiso constructivo. Ahora Grecia está al borde del abismo. Y cada vez es más difícil encontrar el camino que la aleje de él.

FT View

Financial Times

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