Una paz helada se cierne sobre EE.UU. y China

Washington abandona la idea de que Beijing se puede convertir en un participante en el actual orden mundial.

Beijing Barack Obama and Chinese President Xi Jinping at welcoming ceremony

Asia planea a largo plazo. Una vez estuve presente durante una discusión en Beijing sobre el futuro del poder estadounidense. La pregunta que se formuló ante los Institutos de Relaciones Internacionales Contemporáneas de China (Cicir, por sus siglas en inglés) fue dónde se encontraría Estados Unidos (EE.UU.) en 2050. En un país generalmente tímido en la demostración de diferencias dentro de las élites gobernantes, la pregunta generó un debate sorprendentemente animado.

En un lado se encontraban quienes estaban convencidos de que los ingredientes del poder estadounidense geografía, demografía, recursos, vitalidad económica, capacidad tecnológica y poderío militar entre ellos perdurarían. En el otro estaban quienes opinaban que EE.UU. seguiría el mismo camino de las grandes potencias a través de la historia, deterioradas por el estancamiento político, la decadencia cultural y el declive económico. Nadie tomó un voto, pero el primer grupo presentó un mejor argumento.

Este debate tuvo lugar antes de la crisis financiera mundial y de los Juegos Olímpicos de Beijing. Mi conjetura es que, si la discusión se hubiera repetido un par de años más tarde, los pesimistas (¿o eran ellos los optimistas?) hubieran ganado. Durante los últimos años, la historia que he escuchado una y otra vez en Asia Oriental ha sido una que apunta a una inminente retirada de EE.UU. tanto de sus aliados como de sus adversarios.

Lo mismo que ocurre con la mayoría de las cosas en esta vida, ocurre también con la geopolítica: Las modas cambian. Después de buscar un titular para su foro anual, el Instituto Asan el centro de estudios líder sobre política exterior de Corea del Sur decidió enfocarse en una pregunta: ¿Está de vuelta EE.UU.? La respuesta de los legisladores que se reunieron en Seúl esta semana fue más allá de un sí vacilante. De hecho, los informes sobre la desaparición de EE.UU. habían sido prematuros. Testigo de esto fue la firma de acuerdos de cooperación militar actualizados entre EE.UU. y Japón durante la visita del presidente Shinzo Abe a Washington.

Muchos opinarían que EE.UU. nunca partió. Era, más bien, que Washington había estado ocupándose de buscar un nuevo enfoque a los trastornos globales más tumultuosos durante más o menos un par de siglos. Otros pensaron que el cambio de humor reflejó una reevaluación de las fortalezas fundamentales de EE.UU., en vez de nuevas iniciativas derivadas del pivote asiático del presidente estadounidense Barack Obama.

No hace mucho tiempo, EE.UU. estaba regido por la recesión, el aumento de los déficit y la parálisis política. Actualmente, el crecimiento ha regresado, el déficit está en retroceso y, aunque parezca mentira, los demócratas y los republicanos están trabajando conjuntamente en el Congreso estadounidense. El gas y petróleo de esquisto se pueden añadir a todos los otros factores que le proporcionan una ventaja a EE.UU.

Si EE.UU. está de vuelta, China ha llegado. Después de un largo período de desconfianza, Beijing está tratando de conectar el poder económico a la ambición geopolítica. Ya sea a través de bases aéreas en las islas en disputa en el Mar de China Meridional, acuerdos de ayuda a Pakistán, una nueva Ruta de la Seda en Asia central, o la creación de instituciones financieras regionales como el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (Aiib, por sus siglas en inglés) el Presidente Xi Jinping se ha deshecho de todo tipo de inhibiciones residuales acerca de replantear los derechos de China. La disputa entre Beijing y Washington en relación con el Aiib promete ser la primera entre muchas.

En la relación entre China y EE.UU., los términos del orden global durante el siglo XXI se fijarán basados, sobre todo, en tres palabras que comienzan con «c». Hasta ahora la cooperación y la competencia han estado una junto a la otra incómodamente, pero existe sólo una corta distancia de la tercera «c»: el conflicto.

Beijing asegura que no existe agresividad alguna en cuanto a su nueva visión del mundo. Uno de los papeles de las grandes potencias es asegurar la seguridad de su propio vecindario. China no planea expulsar a EE.UU. de Asia Oriental este año ni el próximo, pero la red de alianzas bilaterales de Washington es un vestigio de la guerra fría. Llegará el momento en que Asia tomará el control de sus propios asuntos geopolíticos, presumiblemente con el liderazgo de China. Ya es hora, le oí declarar a un alto funcionario chino, de que el occidente descarte sus «ideas caducas».

Por su parte, Washington está abandonando la idea de que puede convencer a China de incorporarse como parte interesada en el actual orden mundial. En un informe que probablemente sea acogido por los aspirantes presidenciales republicanos, Robert Blackwill, un influyente funcionario durante la administración de George W. Bush, exige una postura considerablemente más robusta. Coescrito por el erudito de Carnegie, Ashley Tellis, el informe «Revising US Grand Strategy Toward China» esboza un plan para reunir todos los elementos del poder estadounidense con el objetivo de mantener la «primacía» de EE.UU. en Asia Oriental.

«Primacía» es la palabra neurálgica en este contexto tanto para algunos aliados de EE.UU. como para Beijing. La legitimidad de la presencia de EE.UU. en el Pacífico occidental se basa en el simple hecho de que muchos otros gobiernos quieren que siga contrarrestando el poder de China.

Pero equilibrar la influencia de Beijing es una cosa. Con el nerviosismo que experimentan, los países vecinos de China tienen un poderoso interés económico en mantener una relación con Beijing. Una versión de EE.UU. que buscará una preponderancia permanente estaría provocando una colisión. Imágenes tales como fuerzas imparables y objetos inamovibles vienen a la mente.

Si Tucídides todavía estuviera vivo, probablemente diría que todo esto conduce inexorablemente al conflicto. El resto de nosotros tenemos la esperanza de que la historia ha avanzado un poco desde la guerra del Peloponeso. Ninguna de las partes quiere una guerra fría, y mucho menos hostilidades militares. Sin embargo, la situación se va a poner difícil. La mejor posibilidad puede ser una paz claramente helada.

Philip Stephens
Financial Times

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